Intervalos para un folioscopio

Aquellos que se admiran de la piedra por su firmeza, ciertamente no se preocupan por ella. Pues de verdad nada tiene de inmortal lo que no sube y no baja.  Más evoca un animal salvaje. Es decir, el rugido bruto: el más rugoso y más pesado, y por lo mismo el más inocuo; en el rugido, es desgarro todavía, y no sonido, sino su soporte.

«Sobre cuatro patas fijo, sólo puedo desenvolverme. Todo alrededor, mi ceniza y mi galope. Desde mi centro, en cada apariencia, en los posibles gestos: a los lados siempre; encorvado o en posición fetal; cuando arrastro la trompa y soy cilíndrico; cuando pierdo el rostro porque me divido en dirección contraria, o cuando soy bicéfalo, agredo y me desbarato en sincronía; cuando llevo un becerro en el abdomen; cuando mi sexo es muy pequeño y se va lejos; o mis patas son tan largas y lo frágil es mi piel reseca; o mis cuernos, ora pilastras con estrías de barro, ora molinos y antenas.»

 Hablamos de la noción de ruptura. No sólo un proceso, sino toda una extensión se descompone de la montaña a la arena. Aquí la piedra, entre medio. Lo decisivo, lo más delicado: que no es un proceso vertical. Como hemos dicho, no sube y no baja: no podemos decir piedra, despojo de montaña, porque estaríamos diciendo arena de litoral, no hay nada más inferior, lo cual es un absurdo: como se sabe, también debajo del mar hay montañas.

Lo que hace a la piedra es centrífugo, y a la vez, implosivo; ojo de tormenta y nido de arterias, en el centro necesariamente hay un animal salvaje. En su mirada cabe todo, y fuera de ella, lo que puede ser. Por ejemplo, la figura de un hombre, de cuya boca se desarticula el pico de un ave, de perfil pariendo a su amante, no cae, emerge.

 La mirada es doble, y eso es viento. La de la bestia hacia nosotros, punto de fuga. La nuestra, lápiz de los accidentes. El milagro: la panza de un bisonte puede convertirse en la cabeza de un caballo. Las formas tienen apariencia de estar amontonadas, pero sabemos que los contornos se suceden, que las posturas se relevan, que el rugido sólo puede prolongarse: distancia, quizá no entre la bestia y los espejismos, porque el olor a cicatriz de agua es común a toda la piedra, sino la que encauza en nuestra mirada, y eso es viento; distinguimos un venado que huye, y más arriba un equino se endereza como en bronce, pero intuimos que es periferia, es fósil si no apunta a la otra mirada. Ya lo dice el Libro de Poemas:

Destrozadas están las rocas / ¡Oh, cuán altas son! / Esas colinas y esos ríos siempre continúan, / Diríase que jamás hayan de tener fin.

por: Camila Corona

subtortelini

Lee más en: No 1 MOVIMIENTO

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