La ilusión de la luz

Por: Marimen Ayuso

 

Rendija

 

 

Miklos llamó a la puerta del viejo Dámaso. Estaba atardeciendo y un último rayo de sol alargaba la sombra del niño en el suelo de forma que parecía mucho más delgado y mayor.  Pero Miklos seguía siendo un niño que se impacientaba con la lentitud del anciano. Volvió a pulsar el timbre.

– Ya va, ya va- escuchó como las zapatillas se arrastraban hacia la puerta y como se descolgaba la cadena de seguridad. 

– ¿Pero tú otra vez? ¿Qué quieres ahora?-  El viejo se rascó la barba.

– Es que me he olvidado las llaves y mis padres vuelven tarde de trabajar. Y…y… me da miedo esperar porque ahora se va a hacer oscuro.

-Maldita sea, pasa cabeza hueca.

Dámaso lo llevó a la cocina, le preparó una taza de leche caliente y a falta de algo dulce le untó una rebanada de pan tostado con vino tinto y lo espolvoreó con abundante azúcar.

– No debes tener miedo, la oscuridad no muerde.- Se llenó medio vaso del vino tinto y acercó una silla a la mesa.

– Ya, si yo no tengo siempre miedo, a veces sólo un poco, pero me gusta más la luz.  -El niño se limpió la boca con la manga derecha- ¿Pero porque tiene que existir la oscuridad? ¿Por qué no hay siempre luz? Cómo aquí en la cocina.

-Ya te he dicho que la oscuridad no es mala, simplemente es el contraste de la luz.  Si no hay oscuridad, no hay luz. Así de simple. Lo que pasa que a ti te da miedo la oscuridad porque no puedes ver bien como cuando hay claridad. Pero piensa que todo sigue igual. Tu casa es la misma, tus papas los mismos y tus juguetes y cuentos también. Fíjate en el mar: ¿A que en el fondo apenas hay luz y sin embargo hay mucha vida? Así que no debes temer a la oscuridad, además la luz sólo ilumina lo que ya existe y a cambio te roba otros sentidos.

-¿La luz roba?- Miklos parecía incrédulo.

– No siempre, pero fíjate: Si tu lo ves todo, te olvidas de oír, de oler, de palpar, de sentir. En cambio si entras a una habitación oscura estarás mucho más atento. Oirás cada sonido por insignificante que sea, olerás, sentirás. Espera, verás. –Dámaso se levantó apoyándose en la mesa y apagó la luz de la cocina.- ¿Qué sientes ahora?

– Nada. Está todo oscuro.

– Ten paciencia. ¿No oyes nada, no hueles o sientes algo?

– Hmmm ah sí , sí, es verdad. Huelo el pan tostado y… y oigo los coches de la calle. También empiezo a ver algo. Veo la mesa, los armarios. Pero es todo como más despacio.

Dámaso encendió la luz de nuevo.

– A que ahora con la luz es diferente. Al verlo todo se te escapan los otros detalles, verdad? Por eso te parece que sucede más deprisa.

Miklos asintió con la boca llena – Entonces, ¿la luz es mala?

-No, la luz es buena como buena es la oscuridad. A ambas las necesitamos. No sabríamos que sería una cosa sin la otra. Una estrella o una luciérnaga por ejemplo no podrían brillar sin la oscuridad. Te voy a dar otro ejemplo: Mira los cuentos, a que las letras son casi siempre de color negro u oscuro, ¿verdad? Pero cuando las lees se transforman en palabras, en conceptos, en un cuento hermoso y se abre un universo para ti. Es como si cada letra tuviera su luz. Y aunque la luz te parezca más alegre o más caliente que la oscuridad eso no deja de ser una impresión tuya. Una persona ciega también ve sin luz. Ve por lo que oye, por lo que siente. ¿Entiendes? Y seguro que cuando tu mamá te despierta para ir al cole preferirías que fuera de noche aún. En ese momento no te gusta la luz. ¿A que no?

-Sí, eso es verdad -Miklos parecía satisfecho. – ¿Pero sabes qué?, mi mama dice que yo llevo mi propia luz, que sale de mi corazón, yo le digo que sí, que sí, pero no lo entiendo, porque esa luz yo no la veo.

-Tu mamá es muy sabia y tú muy cabeza hueca. Esa luz a la que se refiere es otra luz. Es cariño, es amor, es tu mirada transparente. Y si no cambias, siempre la tendrás. Pero ese es otro tema… Anda acábate la tostada que se está haciendo tarde.

Miklos se volvió a limpiar la boca con la manga, dio las gracias por la merienda y se dispuso a marchar. El viejo le acompañó y se quedó observándole como se anudaba la bufanda. Detrás de él unos apliques redondos y de color blanco perfilaban su silueta sobre el suelo. No era un fiel reflejo del viejo ya que lo dibujaba más delgado y más alto.

-Mire Señor Dámaso, la luz es muy buena con usted, mire su sombra, le hace parecer más joven. –Se acordonó el anorak y se despidió con la mano.

-Será que la luz no es tan clara como parece- pensó Dámaso, cerró la puerta y apagó el interruptor.

Afuera se hizo de noche.

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