Tiempo

Por: Enric DeSombra

Aún le queda un cuarto de hora para irse de vacaciones y no puede soportarlo más, y ya no sabe si uno se va de vacaciones porque no lo soporta más o si no lo soporta más porque se va de vacaciones. ¿Y si no hubiese vacaciones? ¿Quizá lo soportaría mejor? Porque ya lo ha probado todo: tomar más café, no tomar más café, tomar té en lugar de café, volver a tomar café, fumar más, no fumar más, volver a fumar, poner cd’s, poner la radio, cambiar de emisora cada vez que ponen cuñas, cantar, maldecir, dar puñetazos en la mesa, reír histéricamente, darse una vuelta por la oficina, encerrarse en el lavabo (en la cocina, en el cuartito del fax…), mirar por la ventana, mirar al techo, mirar al suelo,  mirar a la pared, cerrar los ojos durante un minuto, bizquear durante un minuto… y no hay manera, no pasa el tiempo.

Cada vez que mira el reloj falta un cuarto de hora; hace un millón de años que falta un cuarto de hora y no ve el momento de subir al avión y aparecer allí, al otro lado del mundo, adonde siempre ha querido ir, y conocer al fin esas callejuelas pobladas de sueños, esas legendarias tabernas donde cada noche los músicos invocan un alma de otro siglo, donde a la luz de las  velas uno lava su memoria con alcohol y se lanza de nuevo a las calles con el ciego entusiasmo de un recién nacido, una criatura depredadora de experiencias, un loco amigo invisible que nunca sabes adónde te va a llevar.

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Se despierta junto a un encanto de chica, lo que es la vida, tener que ir al otro lado del mundo para encontrar a la mujer que siempre soñó (y en realidad era eso a lo que vino aquí).

Recuerda que anoche entró en un bar y ahí la vio, detrás de la barra, y le impresionó la amable firmeza que irradiaba, cómo sorteaba los cumplidos de los parroquianos con la tranquilidad de la que sabe leer las mentes de los hombres, y le pidió una copa y se limitó a mirarla sin intención, sabiendo que ella sabría, y por fin le preguntó por algún sitio adonde ir a bailar y ella respondió espérate diez minutos, que cerramos y te vienes de fiesta conmigo (y era eso lo que él esperaba que dijera), y supo ya entonces que seguirían días inolvidables. Pero se ve que para ella no significaron gran cosa, porque no le llama ni le escribe, y cuando él la llama le sale siempre el contestador; la llama una y otra vez sólo para oír su voz diciendo deja tu número después de la señal, y él dejándole el número como un idiota, como si no se lo hubiera dado, como si no le hubiera dado el alma, y  aunque intenta concentrarse en el trabajo (fumar más, no fumar más, poner cd’s, poner la radio) no puede parar de pensar en ella. Después de todo, apenas hace un mes que volvió de allí. Dios santo, y parece que haya sido hace un cuarto de hora.

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