Aquel tiempo de los mangos.

Por: Fabiola Eme

Usted se levanta de la cama a la misma hora en que lo hace cada mañana: las ocho con dos minutos. Exactamente un cuarto de hora después de haber escuchado la alarma. La apaga sin abrir los ojos. Estira la mano y palpa el botón de la izquierda, lo presiona y deja de escuchar el agudo pitido, la molesta tortura se transforma en esa Gymnopedie que le extrae delicadamente de sus sueños, cada día, desde la mañana siguiente a aquella noche, dos años atrás, en que conoció a la chica de las zapatillas rojas y las piernas largas, unas piernas que de inmediato le recordaron a las de su madre cuando venía a recogerle a la salida del kindergarden y usted, entonces, veía el mundo a la altura de esas piernas, con su mirada apenas superando las rodillas, esas piernas cubiertas por unas medias transparentes y que se movían con un ritmo enérgico y que le llevaban al pequeño-usted por la vida, sin necesidad de que  tuviera que preocuparse por elegir el destino de sus propios pasos, por que entonces su única preocupación era saber si los mangos lloraban cuando les quitaban la piel y sus pilosidades se desgarraban y algunos filamentos se rompían. El dolor de los mangos. Y los mangos tan buenos. Y usted sentía una pequeña culpabilidad en el pecho, pero aún así se los comía, y todavía se los sigue comiendo: manchas amarillas en las comisuras de los labios y una gota escurriendo por el brazo izquierdo. Aunque ya casi nunca piensa en aquella cavilación, porque ahora son otras cosas las que le preocupan y la primera de ellas, no por ser la más importante, sino por ser la primera del día, viene acompañando al botón de apagado de la alarma, en forma de una angustia insondable, incoherente, el terror de saber que no es ni sábado ni domingo y que comienza un nuevo día de trabajo, una nueva jornada de ocho horas perdidas, desperdiciadas en esa oficina. Llegará como siempre un poco tarde y se sentará en su silla acolchada y reclinable, convenientemente equipada de un par de soportes para que usted relaje los brazos mientras mira por la ventana y ve que la vida, su vida, está allá, afuera, ocho plantas de ascensor más abajo y no en esta moderna oficina que le dieron cuando usted prefirió ganar un diez por ciento más de su sueldo que aceptar esa beca en Florencia, “por independencia económica”, dijo usted, dejándola ir de la misma manera que dejó ir a las zapatillas rojas con todo y sus piernas, pensando, claro está, que usted es un hombre libre y que no está preparado para las ataduras por muy placenteras que sean.

Durante ese tiempo que dura quince minutos pero que se alarga y se encoge porque su reloj mental pega saltos entre la hora verdadera y los pensamientos que le vienen a la memoria, usted dedica un momento a intentar retener ese sueño que parece todavía tan fresco. Incluso por unos segundos, la elasticidad de su inconsciente parece devolverle a esa playa desconocida, con un mar de colores tan verdes y tan brillantes que le deslumbran la vista y le mantienen casi inmóvil e hipnotizado, hasta que aparece una barca flotando hacia la orilla. Una barca de pescadores. Una barca a la deriva. Flotando, vacía. Y usted vuelve a sentirse en el mundo real y se pregunta cuál podrá ser el significado de ese sueño y quiere guardar en su memoria la sensación de  calma que le producen los pasteles del cielo y el agua cristalina.

Vuelve a mirar -con temor- la hora: 7:55. Se dice a sí mismo que todavía le quedan siete preciados minutos de letargo y se apresura a recordar alguna cosa hermosa que le inspire a comenzar este nuevo día de rutina, pero invariablemente le pasan por la cabeza las preguntas: ¿Y si llamara para tomarme el día? ¿O por lo menos la mañana? ¿Y si inventara que el cambio de estación me ha provocado una alergia que se manifiesta con malestar general y necesitaré como mínimo tres días para reponerme? Y entonces podría ir a ver esa exposición que están a punto de quitar y quizá pasear por el parque y tomar fotos a los perros que se encuentran y se reconocen y parecen ser más felices que los humanos.

8:02 Satie deja de tocar y usted pone el pie izquierdo en el suelo. El frío de la loza le recorre el cuerpo. Usted está listo para un día más.

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