Zona de Riesgo

Por: Paula Arizmendi

El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Julio Cortázar

Y entonces se lo confesé, como si no estuviera borracho, como si en esa revelación no se me fuese la vida, como si aquella hermosísima mujer a la que hablaba en ese bar mugriento pudiera entenderme. Le dije: Pues no es que yo sea distinto o especial, Señorita. Simplemente no concibo que el tiempo sea una verdad científica, un antes y un después ineludibles, un pasado y un futuro inmóviles. O más bien, y seamos exactos, Señorita, es que no creo que haya un “antes” y un “después”: solo hay un “ahora” vertiginoso, que por más que corramos jadeantes para llegar al “después” no lo alcanzamos nunca, nunca. Y es que el tiempo, le aseguré con voz triste, no existe más que en ese imaginario cultural que nos han ido encajando a lo largo de la vida. Y pronto uno se da cuenta de que no se puede salir de esa medición, del “durante” que regula nuestro infierno cotidiano, concluí, como si hubiera dicho la última palabra.

Ella pareció prestarme una pizca de atención mientras encendía su cigarrillo. De repente me llegó la inspiración, y seguí con la perorata un poco estúpida, con esa verborrea que no podía parar, que salía interminablemente de mi ebria boca floja. Seguí: Pero sepa usted, Señorita, que con el tiempo voy entendiendo un poco mejor la eternidad de la que hablaba Nietzsche, ese Eterno Retorno con el que nos desafiaba a nosotros, los Superhombres. Me señalé en un gesto inútil, supuse que ella ya sabría que me estaba refiriendo a mí. Hizo una mueca desdeñosa. Proseguí farfullando: Se trata, simplemente, de dejarse llevar por un instante que no termina nunca, nunca, y sentir que en ese segundo interminable late verdaderamente la vida, una vida que no acaba jamás. Hay que compadecer a los pobres ilusos que nunca se han fijado en que el tiempo puede detenerse, aunque sea por un instante: ingenuos que se pierden en ese cuentagotas perpetuo, en el ding-dong reiterativo del reloj, que se va siempre.

Las risas se apelotonaban en mi cabeza, como si fueran sólo mías y no de las sombras que estaban detrás de la dama. Ella me escrutaba con ojos entrecerrados, como si no creyera lo que escuchaba.

Luego me miró de pies a cabeza con un gesto irónico, echó el humo del cigarro hacia mi cara, y con ingenuidad pensé que me animaba a seguir. Y seguí: A veces, cuando he llegado a ese estado tan raro, exquisito, suelo echarlo a perder con un pensamiento que se cuela en mi desprevenida cabeza, que me dice una y otra vez: esto pasará, esto pasará… Y no tengo más remedio que escucharlo, y entonces me doy cuenta de que he vivido en el error, en un engaño desesperado, en un desgraciado delirio, porque el tiempo está pasando, y se va, y no hay manera de escapar a su paso terrible, ay, ay…

Comprendí que este torpe intento de seducción no duraría mucho más. Las risas menguaban, la atención se disipaba, y tenía que conseguir que Ella reparara en mí de nuevo. Así que, después de tomar un sorbo de mi trago, proseguí en el tono más formal que pude: Y fíjese usted, Señorita, que cuando estoy en casa, de vez en cuando empiezo a escuchar los grititos del reloj, el tictac atronador del péndulo que oscila sobre nuestras cabezas. Solo entonces comienzo a comprender lo verdaderamente importante: intuyo que moverse, ir de un lado a otro, cualquiera, es desaparecer de alguna forma. No hay más que movimientos agónicos, no hay más que un  tiempo que cala hondamente en nosotros y nos obliga a ir  saliendo de escena uno a uno, despacito. Deseo  con todo mi ser que esto pare, que yo no tenga que salir del escenario,  ¡pero es imposible!, si pronto saldré del teatro del mundo y ni siquiera podre evitarlo. Una lágrima salió de mis ojos, sin que pudiera evitarlo, y me la quité rápidamente. Pero era demasiado tarde.

Ella se dio cuenta de las gotas que brillaban en el dorso de mi mano, y me observó con un poco de desprecio.  Envalentonado por la recién ganada atención, le confié mi secreto: Escuche,  Señorita, solo porque es usted le contaré una de mis estrategias para escapar unos segundos de ese movimiento opresivo. Ahí va:  mi secreto es, simple y sencillamente, irme directo hacia el futuro, hacia el futuro más lejano, más y más lejos. Mi secreto es pensar una y otra vez, obsesivamente, siempre en lo que vendrá, en el minuto siguiente, en el instante más próximo, en el más allá, más allá, para que este instante que está sucediendo justo ahora no tenga tanta importancia frente a aquel minuto que ya viene, que se aproxima como tornado a derribarme. Pero cuando ese minuto llega yo ya me he ido, porque entonces estoy esperando al instante siguiente. Y así nadie puede destruirme durante esos segundos preciosos, y soy invencible, ¡y soy ETERNO!…

Las risas y sonidos del local desaparecieron en ese instante, justo al tiempo en que ella retenía el humo y lo soltaba hebra a hebra. Iba a dirigirme la palabra, después de haber escuchado aquel parloteo incontenible mío. La sombra de su figura se hizo interminable en la luz mortecina. Sentí un golpe de miedo. Se levantó, como cansada de aquel torpe banco que sostenía sus largas piernas, y de pie me contempló intensamente largos, largos segundos. Despreocupada, como si hablara de futbol o del calor, me soltó: Te equivocas, es sumamente fácil destruirte. Ir al futuro terminará por matarte. Cuando el presente se te  acabe tu futuro también habrá desaparecido. Y su boca pareció reír, y entendí con el alma en los pies que se reía de mí.

Pero me llama la atención lo que dices, continuó. Incluso me divierte un poco tu pequeño drama, aseguró, dándole golpecitos en el cenicero a su cigarro interminable. Luego calló. Su silencio se extendió por todo el local. Nadie osaba respirar. Ella continuó fumando, y tras un segundo en el que todo se derritió, volvió a darle una calada al mundo y prosiguió: Si deseas en serio que esto termine, quizá pueda ayudarte. No lo sé, en realidad todo depende de ti. Jugueteó un rato con sus innumerables collares, y luego susurró con voz aterciopelada: Conozco el camino para esa Eternidad de la que tanto hablas, pero hay un precio que pagar.

Supongo que sabes cuál es, ¿no, cariño?, y me miró hasta atravesarme y llegar a mi   corazón mismo. Su mirada dulce se fue transformando en mortífera cuando me anunció el monto que tendría que saldar. Mi mente viajó en dos, tres, cien, infinitas direcciones a la vez, entre las verdaderas preguntas que nunca antes me había atrevido a contestar y el miedo que se empezaba a formar en mi alma, como una enorme estalactita cada vez más apretada a mi garganta.

El chasquido de su boca me hizo regresar. Pronto perdería su interés si no le respondía rápidamente. Los treinta segundos necesarios para pensar se me hicieron demasiado rápidos, y con la respiración entrecortada terminé por asentir sin pensarlo, solamente Sí, Sí, Sí. Ella me sonrió por primera vez, con una de esas sonrisas que parecían acabar en la oreja. No te vas a arrepentir, susurró, y me deslizó entre las manos una botella minúscula llena de aceite, y flotando en él una gota azabache, nebulosa, casi redonda. Vuelve a mí cuando te hayas bebido esto, me ordenó, y los dos rufianes que la resguardaban entre las sombras me acompañaron a la puerta. Y el pago, le pregunté a la nada, y uno de los rufianes me dijo desdeñoso, Ella se encargará de hacerte pagar, y ya no quise decir nada más.

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De pie en la acera helada, miré fijamente la botellita durante un largo rato —o meses, quién lo sabe— como si en ella estuviera el valor para ingerirla. Observé atemorizado el líquido oscuro del interior, negrísimo, como debe ser el infinito. Pensé en lo que me esperaba fuera del lugar, del otro lado de la calle: mi mujer, monótona y hosca, el perro que me ladraba todos los días como si fuera un desconocido, el hijo que nunca sabría si era mío, la vida rutinaria y patética. Intuí que todo transcurriría igual que siempre, bien dosificado, el mismo segundo a segundo, desencantado, el ilusorio “después” fracasado de antemano. Y ahí, frente a mí, en las entrañas mismas de la pavorosa gota, se anidaba lo eterno: un instante que, como Ella me había prometido, duraría para siempre. Los rufianes me miraban impasibles, esperando a que regresara al local. Mi  pánico se hizo cada vez más visible. Tratando de calmarme,  quise imaginarme por un instante una vida eterna, perfecta, así de exquisita como la luz que era devorada por la gota…

Después, como si desde un principio lo hubiera sabido, como si alguien más hubiera tomado la decisión y yo sólo fuera un espectador pasivo, imbécil, murmuré a aquellos hombres que iría a comprar cigarros, y que volvería pronto, y que entonces, ahora sí, bebería lo que hubiese que beber. Me dejaron ir con sonrisitas desdeñosas, riéndose entre dientes de mi cobardía, cuando dejé la botellita en prenda. Comprendí que Nietzsche tenía razón: nosotros, los débiles. Luego, triste como siempre, regresé a casa.

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