La eterna noche de cada amanecer

Por: Carlos López-Aguirre

pies

Lo buscas con la mano, tiras algunas cajas de paracetamol e ibuprofeno hasta que encuentras el teléfono que está a punto de caer víctima de sus propias vibraciones. Sabes que te has dormido: ese pequeño desaparecer tan parecido a la muerte.

Te duele la cabeza, el cuerpo. Piensas que ese día todo cambiará, que todo será diferente. Te duchas despacio, dejas correr el agua mientras observas tu cuerpo, cada vez más blando y viejo. Te prometes otra vez que harás ejercicio, pero sabes que no tienes tiempo.

En realidad, no tienes tiempo de nada.

Se hace tarde.

Bebes el café todavía caliente. Tu lengua se resiste, escupes, te has ensuciado la corbata. La cambias por la primera que encuentras y al salir de casa te das cuenta de que no combina con el traje. Decides volver sobre tus pasos. El ascensor ha subido hasta el ático. Vuelves por las escaleras.

Las manecillas caminan más rápido que tú.

La calle te rebasa. El humo de un autobús se te ha colado hasta el fondo de los pulmones, tus oídos apenas soportan el rugido de la moto que pasa a tu lado.

Esperas.

Suspiras a pesar de la basura que flota en el aire. Intentas controlarte. Sabes que algo sucederá, que algo hará girar la rueda y todo cambiará. Subes al autobús y te acomodas entre la gente. El calor es insoportable. Sientes una gota resbalarte por la espalda y tu olfato percibe un olor rancio. Te convences de que eres tú.

Miras el reloj.

Piensas en tu jefe, en el hipócrita de tu jefe que vigila cada uno de tus movimientos con su enorme sonrisa. Sabes que estás en la mira, sabes que un día te llamará y el permanente hueco que ocupa tu estómago se convertirá en abismo cuando te diga adiós.

A veces lo deseas, a veces quieres que eso suceda. Pero te preguntas qué harás entonces. Qué será de ti sin ese trabajo de mierda que te da para comer, para vestirte, para pagar los gastos de la casa.

Para vivir.

Enciendes la computadora. La musiquita te indica que ha comenzado la rutina. Miras a tus compañeros, los escuchas. Conversan, ríen sin complejos.

Los envidias.

Los odias.

Quieres ignorarlos, pero no puedes. Te preocupa lo que piensen y digan de ti. Por eso ríes sus chistes sin gracia, te haces el interesado por sus frivolidades, aunque detestas su levedad.

¿O será que la vida es así? ¿Será que te estás hundiendo en el peso de tus frustraciones.

Te levantas, caminas hacia el baño .

Meas.

Te imaginas haciendo otras cosas, aunque no sabes qué. Quieres viajar, aunque no sabes dónde. Deseas conocer a más gente, aunque todos te dan miedo.

Vuelves a tu lugar. Sientes una palmada en la espalda. Es tu jefe. Sonríe. Le respondes de la misma manera, pero un segundo después piensas que no ajustaste el gesto, que lo que vio fue una mueca. Quizá haya visto en aquel gesto la verdad: que lo detestas.

Trabajas sin ánimo. Te levantas varias veces, buscas cualquier pretexto para hacerlo. Cuando llega la hora de la comida te das cuenta de que vas atrasado, que necesitarás quedarte hasta tarde para terminar. No quieres problemas. Te molestas contigo mismo. Debiste poner más atención, concentrarte.

Pierdes tiempo.

La noche te acaricia. Decides volver a pie. Caminas retando al  viento frío y seco que golpea tu rostro. Pasas junto algunos de tus compañeros que se preparan para ir a tomar algo, les dices adiós, ellos balbucean algo parecido a una despedida.

Te dejan atrás.

Sigues tu camino con paso lento y la mirada en el suelo, como si nada de lo que pasa a tu alrededor te importara. Te engañas. Sigues atento a cada paso o sonido a tu alrededor. Te asustas con los pasos cercanos, con el derrapar de los coches en las esquinas.

Estás harto.

Cansado.

Detestas todo.

Te detestas.

No quieres seguir. Cierras los ojos con fuerza, te decides a cruzar la calle, pero tus pies no responden.

Te detestas.

Llueve.

Sigues tu camino. La ciudad se vacía. Desaparece el ruido, sólo queda el silencio, la noche. Tus pasos aceleran al ritmo de tu pulso. Ahora vigilas las sombras que cruzan tu camino. Temes la posibilidad de un robo, de una amenaza, incluso de una voz. Y al mismo tiempo, odias su indiferencia.

Te preguntas si de verdad existes, si de verdad ocupas un espacio, un tiempo. Lo dudas. Tu existencia es un permanente vacío: siempre has rehuido de los riesgos, de los abismos, por aquel vértigo que te marea al sentir que la vida se te escapaba de las manos. Aunque piensas que, tal vez, ya se ha escapado.

        ¡Mentira!, te gritas.

        Algo sucederá, algo torcerá mi destino.

              He esperado tanto, lo merezco.

Intentas resignarte, convencerte, evitar el arrepentimiento. Pero no has dado más de dos pasos cuando te prometes cambiar, tomar decisiones, riesgos. Te atragantas con el nudo que se forma en tu garganta.

           No puedo.

                                No puedo.

                                                        No puedo.

            Algo sucederá.

Y puntualizas: no es la muerte, por supuesto.

Te relajas.

Evitas el ascensor. Subes por la escalera en tinieblas. Quizá ahí encuentres lo que buscas, quizá ahí te está esperando eso que tanto estás esperando.

Cuando metes la llave en la cerradura, todavía miras sobre tu hombro.

Te desvistes con lentitud. Tienes hambre. Miras el reloj.

Es tarde, como siempre.

Te lleva varios minutos decidir si cenas o no. Ya no quieres engordar. Recuerdas tu promesa de la mañana. Pero de todos modos te preparas algo. Te arrepientes al dar el último bocado.

            Enciendes la cafetera.

            Enciendes el televisor.

            Enciendes la computadora.

  

La cabeza te molesta: tomas un ibuprofeno, un paracetamol.

Te preparas para la larga noche.

                Te recuestas sobre el sofá en una posición incómoda. Buscas que todo te moleste, te distraiga.

             Evitas el sueño.

                         Tus ojos ceden al cansancio.

                                          Te observas.

Eres un niño.

Recostado sobre tu cama juegas a la eternidad: a morir.

Cruzas los brazos sobre tu pecho, dejas de respirar, cierras los ojos, escuchas el silencio.

Nada. Nada. Nada.

Te levantas de un salto.
                             Jadeante

No me quiero morir.

Las manecillas corren. Te despiertas asustado.

Te has muerto y no te has dado cuenta.

Caminas hacia la  cama convencido de tu destino inevitable.

No hay nada qué hacer. Sólo vivir el tiempo que te queda.

Sonríes.

Mañana, mañana será el día, en el que se cumpla la promesa de ese nuevo día.

Nunca llegó.

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