Un dolor invisible

Por:  Carolina Añaños

Foto: Fabiola Eme

 

¿Cómo se retoma el hilo de toda una vida? Cómo seguir adelante cuando, en tu corazón, empiezas a entender que no hay regreso posible, que hay cosas que el tiempo no puede enmendar, aquellas que hieren muy dentro, que dejan cicatriz.

J. R. R. Tolkien

Distancia

A Ella le gustaba su cicatriz. Cuando la conoció, ya hacía años que la tenía. Se cortó un verano, cuando era pequeño, con un saliente de la barca. No había sangrado mucho, no era un arañazo muy profundo, pero le dejó una marca en la muñeca derecha que fue creciendo cuando se hizo mayor. Era lisa y recta, y medía unos cinco centímetros. A Ella le había gustado mirarla y, a veces, distraídamente, acariciársela.

Mucha gente se había fijado en la cicatriz. A Él nunca le había parecido especialmente interesante, pero siempre le pedían que contara cómo se la había hecho. Y Él casi siempre decía la verdad, porque prefería inventarse qué había pasado. Un cuento fantástico donde la marca era la secuela de alguna heroicidad resultaba mucho más entretenido que explicar que simplemente se había arañado con un saliente de la barca.

Ahora, la cicatriz era una puerta al pasado. Mirarla lo invitaba a recorrer los rincones de su memoria, explorando todos los recuerdos que entrañaba. Los recuerdos buenos y malos. Por tanto, también los recuerdos en los que aparecía Ella. Esos eran los que a veces le dolían, pero no podía dejar de evocarlos.

Se habían conocido a los diecisiete. Recordaba perfectamente su primera cita, una tarde de verano en un pueblo de la costa. Ella llevaba un vestido azul, y Él un jersey naranja. Se habían reído de la monstruosa combinación de colores y habían ido al cine. No recordaba de qué había ido la película, pero sí que había sido una comedia. Ella descubrió su cicatriz a media película, con un roce involuntario entre sus manos al querer coger palomitas. Había pasado el resto del filme recorriéndola con los dedos; Él se concentró en esa sensación, olvidando que estaban en un cine y que la película no hacía gracia. La memoria es selectiva, y ahora solo existían los dedos de Ella recorriéndole la mano.

En el mar era donde se sentían libres. Salían muchas veces en la barca, en invierno sólo a pescar y, en verano, también para bañarse. Él podía aguantar la respiración durante más un minuto, Ella se entretenía buscando conchas en el fondo, su bañador naranja contrastando con el azul oscuro del agua. Pasaban las tardes navegando sin perder de vista la costa y contándose historias. Apoyada en el mástil, Ella solía pedirle que le contara cómo se había hecho la cicatriz, y Él adornaba esa historia con guiños fabulosos de los que siempre reían. Acabaron

inventando una leyenda fantástica de la cicatriz, mucho más interesante que la verdadera. Según el día, aparecían tiburones, sirenas o gigantescos monstruos marinos en una titánica lucha contra las fuerzas de la naturaleza, de la que había salido ileso salvo por esa marca en la muñeca derecha.

Cumplieron dieciocho, veinticinco, veintisiete años, y a Ella le siguió gustando la cicatriz. Sobre los treinta algo cambió, y otras cosas empezaron a gustarle menos. La combinación del azul y el naranja se convirtió para Ella en una abominación, y dejó de hacerle gracia. Perdió el interés en las conchas submarinas, y también en las historias que Él le contaba. Los silencios se hicieron cada vez más largos, más frecuentes, y lo único que seguía igual era el movimiento de sus dedos recorriéndole la muñeca.

A los treinta y tres se separaron, y hasta los treinta y cinco Él pasó las tardes de verano en la barca, sin pescar ni nadar ni contar historias a nadie.

Mientras surcaba las aguas azules, echaba de menos el bañador naranja de Ella, la risa de Ella, las preguntas de Ella. Parecía que a Ella no le había dolido la separación. Como si no sintiera nada. Se habían alejado –sin querer, por supuesto– hasta convertirse en dos extraños. Hacía meses que no tenían siquiera algo de qué hablar, y romper había sido la decisión –había dicho Ella– más razonable. Pero Él pasó todas esas tardes pensando en cómo lo podría haber solucionado, qué habrían hecho, qué le habría dicho. Hasta que se ponía el sol pasaba la vista del horizonte a la cicatriz en su muñeca derecha, deseando volver atrás para cambiar ese pasado que le hacía sufrir mucho más que cualquier dolor físico. Pero no podía hacer nada.

Hay quien cree que el tiempo es un círculo adonde uno irremediablemente va volviendo, pero Él sabía que el tiempo es una línea recta. Cada uno tiene su propia línea vital, que a veces se cruza con la de otro. El contacto entre las líneas vitales puede ser puntual, o a veces pueden unirse para siempre, y al principio Él había pensado que las suyas ya no se separarían. Pero lo habían hecho. Y no se volverían a juntar, porque que tiene el tiempo de bueno y de malo es que pasa. Pasa sin que se pueda hacer nada, y la única manera de volver atrás es recordar los momentos vividos y fantasear, quizá, sobre cómo podría haber sido algo que nunca será.

Él no era de los ilusos que sueñan que algún día volverán al pasado a solucionar sus errores. No tenía muy claro si estar lejos de Ella era error o acierto, lo único que le importaba era que dolía. Y que nunca podría cambiarlo. Al igual que también sabía que la ausencia de Ella no le dejaría ninguna marca en la piel. La cicatriz seguiría siempre allí, Ella no. Supuso que eso sería un nuevo tipo de herida.

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