Amarillo

Por: Héctor Gómez

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…eso ha estado bastante bien…

Pero vamos a buscar algo más íntimo, ese momento que nunca le has contado a nadie. Cavemos un poco más… Déjame que volvamos a ajustar la sintonía. Veamos con este lado del espectro.

Empecemos. Sí. Me has pedido que recuerde algo muy intenso. ¿O tal vez te refieres a que recuerde algo muy intensamente? Puede que las dos cosas a la vez.

Piensa en algo, no sé, instintivo, primigenio… Ese recuerdo que te afina los sentidos, el que de golpe te instala aquí y ahora. El rincón donde sueles refugiarte cuando te fallan las fuerzas.

Catalizo, como dirías tú. Oigo un zumbido. Déjame enfocar la vista… un poco más… sí, veo avispas. Avispas enredándose alrededor de un cesto de limones.

De acuerdo. Estoy completamente desnudo, en un prado. Un prado de alta montaña, sin árboles a la vista y rodeado de picos imponentes. Llueve, una tormenta muy intensa, de verano, con muchos rayos y truenos. Y yo aporreo unas cacerolas, no, una sartén y  unas ollas, con palos que he hecho de unas ramas secas que he recogido al lado del río, de esas que usan los pastores para hacer leña cuando suben a pasar la noche en la cabaña que hay justo detrás de mí.

Porque delante, a unos cincuenta metros, hay un rebaño de ovejas, bastante numeroso, balando y pastando y haciendo tintinear sus cencerros. Una de ellas está muerta. Hay el cadáver de una de ellas descomponiéndose no muy lejos de donde estoy yo. Una nube de moscas asedia los despojos, y el zumbido y los cencerros me sumen en el trance. El hedor es intenso, qué digo, es un miasma insoportable, la bilis se agolpa en mis amígdalas, pero no me distrae de lo que me ocupa, que es aporrear mi percusión improvisada al son de una música inalcanzable. Estoy empapado, rodeado de barro, y el sonido es cada vez más primario y brutal, directo de las cavernas, directo a las tripas.

Relámpago.

Entonces estoy en una iglesia. No, en una catedral. Un sol nuclear atraviesa el enorme rosetón de vidriera multicolor.

El cambio me ha cogido por sorpresa (¡como siempre!), así que por reflejo de continuidad golpeo impulsivamente uno de los cientos de bancos de madera alineados en la nave central con mis baquetas improvisadas. El eco es ensordecedor. Aquí estoy, desnudo, medio sordo y bañado por la luz divina.

El ruido, como el polvo milenario que flota en el ambiente, se posa en los muros de piedra lentamente, marchitándose hasta morir.

Silencio. Soledad.

No.

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Oigo pasos. ¿Se acercan? ¿Se alejan? ¡Oh, no lo sé! Suenan como una legión inundando todo un campo de batalla con su estruendo. ¿Por qué siempre acabo sintonizando este canal? Me angustia estar aquí, quiero volver a mi prado. Necesito encontrar esas avispas otra vez… ¿Dónde están los limones? Tengo que salir de aquí, veo una sombra que se alarga hacia mí.

Es ese maldito chubasquero chillón acechando una vez más, silbando entre dientes el submarino de los Beatles. Corro hacia el portón. ¿Estará mi tormenta descargando ahí fuera? Acelero. Acelera. Aceleramos. Ah, voy a salir. ¡No! El enorme cerrojo de hierro forjado está soldado, reducido a una mancha de óxido ocre.

Cambio de estrategia. Esta no es la salida. Nunca lo es. Nunca lo ha sido.

¡Hay otro camino! Sí, sí lo hay. La torre del campanario. Atravieso las filas de bancos por un lateral. Mis pasos y mi sombra se duplican, se multiplican pocos metros atrás, sé que no estoy solo en mi huida.

Nunca hay una piel de plátano colocada estratégicamente a mi espalda para poder ganar unos metros. Salto a las escaleras del torreón; son de madera vieja y carcomida, chirrían, crujen bajo mis pies. Alcanzo el primer rellano. Remonto y remonto, el acoso no se detiene. Un escalón se parte bajo mi peso. Mi pierna cuelga en la nada. ¡Arriba! Veamos… tengo un clavo oxidado hundido en mi pierna. Hay que seguir ¡Se me echan encima! Avanzo torpemente, el aliento de lo desconocido humedece mi nuca al llegar al tercer nivel. Redoblo la marcha, me falta el aire, no llego… ¡Un último suspiro! Me quedo con un trozo de barandilla en la mano.

Llego a lo alto de la torre. La melodía infernal de acerca peligrosamente, siento el escalofrío de lo inevitable. ¡Haz algo! Las campanas. Sí. Hago tañer los campanos dorados con mis baquetones y barandilla y todas mis fuerzas.

No voy a oír ese silbido nunca más, ¡voy a hacerlo temblar todo hasta los cimentos!

Nos tambaleamos. Aparecen las grietas y los muros de piedra se desmoronan. El oro de las campanas se funde en los altos hornos. Se acabó, ya está aquí. Solo queda el vacío… ¿Quién caerá esta vez, eh, Jimmy Stewart, la rubia o la morena?

Es cuando invoco a Van Gogh y sus girasoles, a Molière y su enfermo imaginario y su mala suerte… es el conjuro que me saca de esta pesadilla recurrente una y otra vez, y una y otra y otra… Entonces la mano enguantada de la silueta me alcanza y me coge del brazo, y me dice esas mismas palabras del bucle con voz metálica:

El problema de ser contemporáneo

Es que no cojas un martillo y asesines al reloj

Busquemos un bote, saltemos por la borda

Corta el cableado y sal desnudo ahí fuera

Y estalla un sol cegador, un diente de león de proporciones cósmicas, me abrasa la vista y tengo que cubrirme los ojos, y me arden las manos y se hace el silencio y, cuando vuelvo a mirar, ahí están el prado y las ovejas, la tormenta y las cacerolas.

Soy el hombre que nunca estuvo allí. No tengo un plan. Voy a quemarlo todo para que sepáis de mí. Afino los sentidos, me instalo en el aquí y el ahora. Vuelvo a lo primario. Vuelvo a lo brutal. Directo de las cavernas. Directo a las tripas.

Nos vemos en la próxima sesión para una resintonización.

 

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