Bisagra

Texto y fotos por: Franco Chiaravalloti

Me atrae el ejercicio de identificar regiones del globo con un color en particular. La subjetividad habla en nombre de cada observador, por eso, al menos para mí, la India es naranja, Japón es blanco, Italia es marrón claro, Inglaterra rojo terracota, Rusia rojo a secas. En los países donde no he estado los prejuicios se corporizan aún más, por eso Canadá me trae a la mente el bordó, Venezuela el verde, Irán el gris. Parece una generalización absurda, pero en realidad lo que habla es el tono con el que identifico la primera emoción que aterriza a mi conciencia al evocar esos países-idea. La emoción primigenia, la animal. ¿Con qué latido vinculo esos lugares? La India es naranja porque naranja era el color del cabello de una bellísima joven con la que me crucé en una calle de Jaipur. Rusia es roja porque esperaba ver todo rojo en la plaza Roja, cuando, por supuesto, allí habitan muchos más colores; pero es igual: tan fuertes son las ideas preconcebidas que consiguen construir una realidad paralela, por eso mis recuerdos del país más grande del mundo se me tiñen de bermellón a pesar del azul del lago Baikal o del verde de las estepas siberianas. Y pinto de verde mis imaginerías sobre Venezuela no por sus selvas o por el uniforme de Chavez, sino porque verdes eran los jardines de las mansiones que aparecían en aquellos culebrones de los ochenta que miraba mi madre.

Me refiero a la primera imagen, a la imagen relámpago, aquella que los publicistas llaman posicionamiento o los surrealistas automatismo. Cuando tiramos del hilo de ese virginal destello está claro que daremos con otras ideas, con otros conceptos más conscientes y racionales. Sin embargo, esa entidad virginal que nos sorprende ante la primera idea siempre está relacionada con una imagen u objeto a la que pintaremos de un color determinado. ¿Cómo identificar ese color primigenio, virginal, cuando los estímulos que nos vienen a la mente son tantos y tan intensos? ¿De qué color es nuestro nacimiento? ¿Con qué pincel pintaríamos la muerte? ¿Cuál elegiríamos para pintar el primer orgasmo? Existe un territorio del globo que no me trae a los ojos un color en particular, sino una completa paleta cromática.

En 2013 emprendí un viaje en solitario por un territorio cuyo nombre, de este lado del mundo, suele evocar confín, rareza, pero que en realidad está a unas pocas horas de avión desde la Metrópoli. El Cáucaso. La cadena montañosa que aloja el pico más alto del continente europeo; la puerta que separa Asia de Europa; una región a la que nuestra simplificadora cultura de titular periodístico solo relaciona con conflictos armados.

Pero en la práctica hemos de sumar otras tres entidades jurídicas no reconocidas por nadie en el mundo, y en sempiternas disputas: Osetia del Sur, Abjasia y Nagorno Karabaj. Un paño abrumador en el que se embarullan Historia, petróleo, soberbia y resabios comunistas. Y todo, en un área cuya extensión no es ni la mitad del tamaño de España.

¿Y qué color tiene una bisagra? A nadie parece importarle el color de la bisagra cuando lo que vale es la puerta. A diferencia de lo que me ocurre con China, con Canadá o con Venezuela, no sabría resumir esta región con un color. Porque no lo tiene, o porque los tiene todos. Vayamos por partes. Azerbaiyán, el primero de los países que visité, se autodenomina el país del fuego. Así está señalado en sus folletos turísticos, así lo sugieren los gigantes edificios con forma de llama que dominan la capital del país, así se indica en la camiseta del Atlético de Madrid… Azerbaiyán es un país lleno de gas y petróleo, oasis de esplendor económico en medio de tanta depresión donde, aunque de mayoría musulmana, las mujeres se atreven a lucir minifaldas en el centro de las ciudades.

Podría pintar mis recuerdos azeríes de beige desierto, el color que más se observa desde las ventanillas de los autobuses o el que define los edificios de la capital, ya que la mayoría de ellos están hechos con la misma piedra caliza. Pero de golpe asalta mi memoria el abismal verde de las montañas del norte, próximo al minúsculo poblado de Xinaliq, desde el cual ascendí a un pico de tres mil quinientos metros de altura –nunca había subido tan alto– dominado por praderas mustias, hormigas enormes y cagadas de cabra. O también soy bañado por un azul aumentado, el del cielo que dibuja el contorno de las montañas tras las cuales se esconde la Rusia demonizada, admirada y temida de este lado de la frontera. O el ocre de las casas de piedra de Qubá, o el pardo del té de pasha que me ofrecían a toda hora, o el blanco de un delicioso plato llamado qutab…

En esta tierra donde las fronteras no son puente sino barrera, no es raro que uno de esos confines se jacte de mantener vivo cierto efluvio de amistad. Es lo que se percibe al cruzar la línea que separa Azerbaiyán de Georgia, dos países que no tienen más alternativa que llevarse bien si quieren mantener el débil statu quo que sostiene la región. A pesar de ello, el color que esa frontera me evocará por siempre será el verde oscuro, no por los prados que rodean las oficinas de la aduana sino por el snack que compré en una tienda después de recibir el sello en el pasaporte, una especie de pan relleno que me intoxicó y me mantuvo postrado durante días en un hostal de mala muerte de la bonita Tbilisi, la capital georgiana. Afortunadamente, ese verde se fue diluyendo día a día no solo porque mi estómago sanaba a fuerza de tés y verduras, sino también por la sorprendente explosión cromática que es capaz de dar este país a pesar de su escueta extensión. Es imposible, de hecho, identificar a Georgia con un único color-chispazo, porque en este patchwork habitan tonos esmeraldas o jades propios de una selva en Costa Rica, o blanquecinos desiertos marroquíes, o carmesíes viñedos californianos, o celestes playas mediterráneas. Podría designarse a Georgia como el muestrario del mundo a quienes vengan a visitarnos del espacio exterior, dado que, en muchos sentidos, es la Tierra en miniatura gracias a su vastísima variedad de paisajes, pero también a los odios que se respiran y que colorean las enfadadas mejillas de abjasios y osetios, dos pueblos que buscan la independencia incluso si para ello deban vender su alma a Rusia. Los colores de Georgia son tantos que, cual snack de frontera, tienen la capacidad de intoxicar la vista.

El tercer lienzo del periplo fue Armenia, país que siglo a siglo se encoge como un calcetín a causa de las incontables rencillas con sus vecinos y que hoy, en efecto, tiene forma de calcetín. Armenia toda y su capital en particular –la pintoresca Ereván– son presididas por los colores del monte Ararat, el omnipresente símbolo del país que aparece impreso en los billete de mil drams, que da nombre a cientos de calles, a miles de tiendas y a la cerveza nacional, y que la leyenda identifica como el lugar donde Noe atracó su arca. Desde los pies del monte brota color blanco, surge púrpura, germina el beige, juguetea el chartreuse… Colores que, sin embargo, no están del lado armenio sino turco, ya que las guerras y las caprichosas cartografías leninistas situaron la montaña del lado de los enemigos, aquellos turcos de Abdul Hamid que asesinaron un porcentaje escandaloso de armenios en las primeras décadas del siglo pasado. De todo eso fue testigo el secuestrado monte, hoy a la vista de un pueblo que anhela, algún día, volver a atesorar sus colores.

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Existe un país embrión de Armenia llamado Nagorno Karabaj, al que solo puede accederse a través de un cordón umbilical de asfalto y en cuyo perímetro aún quedan sepultadas miles de minas, resabios de la guerra de 1994 que disputó con Azerbaiyán y que borró del mapa a la mitad de la población masculina. En las grises calles de Stepanakert –la capital de este estado no reconocido por nadie en el mundo–, en sus opacos edificios o en los ecos de la desconchada ciudad de Sushi parece no haber color: Nagorno Karabaj, a vista de pájaro, es un lienzo pintado con acuarelas aguachentas. El color aquí lo dan las palabras, las de la gente que me encuentro en el camino y me invita a tomar café sin conocerme de nada, la que me narra cómo perecieron sus hermanos bajo las bombas azeríes, o la que me invita a comer un delicioso borsch solo para agradecer la visita de un extranjero a este enclave despintado.

La tierra que alguna vez atravesara el Miguel Strogoff de Verne es aún un rompecabezas social incomprensible para propios y extraños. La Historia es una mochila llena de piedras para azeríes, georgianos y armenios, piedras que caen rodando desde esas altas y bellas cumbres, que pintan todo de verde, de marrón, de azul río,  y que se burlan de sus habitantes con mapas que parecen dibujados por un niño, pero que, en realidad, son obra del lápiz de Lenin, y cuya punta intentó teñirlo todo de gris. Pero ni Lenin ni Strogoff ni nadie en el mundo puede despintar la región madre de todos los colores del orbe, al lugar donde chocan las dos perspectivas antagonistas del ser humano –Oriente y Occidente–, un dedal lleno de cejas negras, de blancas cumbres, de lilas flores y rojos potajes, de risas doradas, de negras esquirlas de bomba y sepiadas fotos de muertos. Hoy sé que si la Historia o Dios o la Providencia o quien sea se disponen a repintar el mundo, seguramente mojarán el pincel en el Cáucaso, la verdadera paleta de colores de la Tierra.

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