El Cisne Rojo

Por: Sara Martín Blanco

 

El azul plomizo era el color de mi derrota. También había algún toque burdeos, como el de las cortinas sucias de este burdel. De vez en cuando, para sentirme un poco más digna y limpia, añadía algún blanco a mi ropa y, si ese día coincidía que veía una nube blanca en el cielo, me decía a mí misma que eso era un signo de esperanza. Pero el blanco se torna gris con demasiada facilidad, y mis momentos de gloria y felicidad imaginada se disipaban como el gas de las cervezas de El Cisne Rojo.

Mi derrota azul plomizo empezó el día en que me hice mayor. El rojo penetrante fue mi desgracia: me llegó a los 14 años. Ese día Amparo me dijo que ya podía empezar a ganarme un sueldo, y me colocó tras la barra. Esa misma barra marrón, desgastada, pegajosa y triste en la que me he ido muriendo poco a poco, día tras día, como las moscas que se ahogan borrachas de alcohol, o asfixiadas por la falta de oxígeno de este antro.

No mentiré: el plomo de mi azul se tornaba turquesa de vez en cuando gracias al viejo de nariz aguileña y piel anaranjada. Un pobre solitario. A él le debo mis momentos de locura, de risas desmesuradas, de secretos infantiles y de complicidades compartidas. Solía decir que yo era su estrella dorada; que yo brillaba como el oro; que mis ojos eran como el café; que mi pelo, el de una leona; que mis brazos, como los de una princesa rosa; que mi corazón, como el cristal incoloro.

Él fue el único que supo tratarme bien. A él le dediqué mis mejores besos. Las cervezas mejor servidas eran sólo para él. Y, a veces, cuando estaba Amparo controlando y pisoteando mi alma, yo escupía en el vaso de este loco para que se tragara mi saliva y, así, poder sentirme más cercana a él. El gris espumoso de mi saliva se mezclaba con el amarillo de su cerveza y lograba una espuma más densa, un poco grisácea.

Pero mi loco ya no está. Y este sótano oscuro se pudre. Y aunque piense en él cuando vendo mis besos, ya nada me sabe igual.

Mi derrota acaba aquí. Ya no quiero seguir luchando en esta guerra sangrienta. El Cisne Rojo ha sacado dolorosamente mis entrañas por el ombligo. Ahora estoy vacía, muerta por dentro: me ha comido el vientre, los pechos, los pulmones, mis venas. Ya no me queda carne, ni vida, ni color.

Siento, en mi cara, el aire del ventilador giratorio, pequeño y sucio que descansa en aquél taburete de la esquina. Me pregunto si el aire de las montañas es igual. ¿Y de qué color el cielo libre? ¿Cuántos azules deben existir? Dicen que mi viejo aguileño descansa, en paz, en un cementerio de las montañas del Sur. ¡Quién pudiera volverte a ver, loco mío!

Iba a escribir una nota de despedida a Amparo, pero al final decido que no. A ella sólo le deseo la negrura más densa que exista. Y yo, me voy a buscar colores: quiero amarillos, rosas, naranjas, verdes y lilas. Quiero dorados y plateados. Y quiero un sinfín de cielos azulados, limpios y frescos. Y cuando te encuentre, escupiré en tu tumba y luego besaré tu lápida. Y, para vengarme de este Cisne, volveré a llenar mi vientre de rojos vivos, de pechos anaranjados -como tu nariz-, y de venas verdosas, como la de los ganadores.

Los colores serán el triunfo de mi derrota, y el plomo de mi azul se tornará volátil.

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