Las ciudades y las formas – Editorial #5, FORMA

Por: Fabiola Eme

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#5 FORMA – Verano 2015

¿No es la diferencia lo que nos hace únicos?

Son las formas, a cualquier escala y en cualquier ámbito, las que distinguen una cosa de otra, y es esa diferencia la que da a todo lo que existe en buena medida su valor.

Sin embargo, las ciudades contemporáneas tienden a parecerse cada vez más entre ellas: la forma de la Ciudad Genérica está en su apogeo. En las últimas décadas hemos asistido al espectáculo de la homogeneización de las grandes ciudades, sucede en todo el mundo, ya no es un caso exclusivo de Occidente. La estructura de las ciudades se reimagina y reconstruye constantemente para adaptarse a las necesidades de los mercados, no de las personas. Las grandes marcas uniforman las calles de todas las capitales europeas y da igual caminar por la Friedrichstrasse de Berlín, Les Champs Elysees de París o las Ramblas de Barcelona: encontraremos lo mismo. El visitante exige la comodidad que le ofrece un ambiente conocido, aunque con ello se sacrifique la identidad del lugar forjada por siglos de mezcla cultural. Paradójicamente ahora se viaja más que nunca, los vuelos low cost y las tecnologías nos permiten llegar a más sitios, conocer más culturas y pasar más tiempo viajando. Tiempo que no sólo dedicamos a hacer lo mismo que haríamos en nuestra propia ciudad, también lo perdemos en buena parte entre traslados y esperas.

Las ciudades contemporáneas, como sus aeropuertos, son todas iguales. Son no-lugares, sitios impersonales que sin embargo, albergan todas las experiencias urbanas que busca una persona media, son espacios sin identidad por los que transitan personas que viajan por viajar, que van de un lugar a otro para hacer las mismas cosas: ir de shopping, tomar el café en Starbucks y hacerse fotos en los monumentos de los que no recordarán después ni el nombre, porque lo único importante es comprar aquello que llevarán como trofeo dentro de una desbordante maleta llena de cosas inútiles que pasearán por diez aeropuertos en veinte días, objetos que no hacen más que acentuar la caricatura de sí misma en que se convierten las ciudades, París ya sólo puede volverse más parisina, llena de clichés, los explota y los produce en serie, como lo hace Barcelona con la estética de Gaudí o la Ciudad de México con la imagen de Frida Kahlo.

La proliferación de estos no-lugares atenta contra la diversidad geográfica e ideológica, contra la aceptación de lo diferente y de lo periferial: siempre se temerá a lo outsider. Los que habitamos en estas ciudades también nos homogeneizamos y, sin ser muy conscientes de ello, estandarizamos nuestros hábitos y forma de vivir. Entramos en el engranaje de la gran maquinaria económica en donde el consumismo es lo que prima: más tienes, más vales, sistema en donde las marcas dictan las tendencias y no al revés, ya no se crea en función de lo que la gente necesita y da exactamente lo mismo si vives en Copenague o en Sao Paulo; Mango y Zara venden el mismo tipo de ropa: las mismas telas, los mismos colores y por supuesto, todo desechable.

En su relato Entropía Thomas Pynchon juega con los conceptos de forma, entropía y muerte térmica. El universo tiende al equilibrio térmico, esto es, un estado en el que ya no se intercambia energia y en consecuencia se agota. Paralelamente, la uniformidad cultural a la que nos enfrentamos parece anunciar una muerte térmica en la que, al parecerse cada vez más los lugares y las personas entre sí, el intercambio de ideas se agota.

La ciudades modernas son tan profundamente no-originales, que por eso son fácilmente exportables. Y así como crecen en número lo hacen también en extensión. El centro se expande hasta alcanzar la periferia, terriblemente despreciada por carecer de esa uniformidad, pero sin la cual no existiría el contraste que define la forma de la metrópoli. Quizá en algún momento en las grandes ciudades no queden más que turistas o gente en permanente circulación, como sucede en Venecia, donde los nativos se han ido a vivir a las ciudades periféricas, cansados del parque temático en que La Serenissima se ha convertido, restando autenticidad e idiosincrasia, que son el alimento de la personalidad de las ciudades.

Busquemos la verdadera forma más allá de las capas de modernidad, en las entrañas de cada sitio, de cada no-lugar. La identidad de las ciudades todavía late y respira debajo de la superficie, retiremos la envoltura.

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