Silencio

Por: Héctor Gómez

Murmullo indefinido.

El vestíbulo de un aeropuerto. Allí, una multitud corre de un lado a otro, arrastrando sus maletas, haciendo colas interminables en los mostradores de las compañías aéreas, esperando sentados y aburridos su vuelo.

La megafonía anuncia llegadas, salidas y retrasos. Conversaciones que se confunden entre sí. Reactores.

Las afueras de un área urbana.
Bloques de cemento se mezclan con escasas zonas verdes.
Entre torres y autopistas, un canal artificial. Está prácticamente vacío; sus aguas corren un tanto agitadas por las ráfagas de viento que soplan constantemente esta mañana.
Una única piragua monoplaza avanza plácidamente, apenas sin esfuerzo, por el caudal. Un avión sobrevuela excepcionalmente cerca; el aeropuerto está muy próximo al canal.

Oscuridad absoluta; oímos algo arrastrándose.
Una tos; alguien carraspea.
Una cremallera. Movimiento de objetos.
Un tenue punto de luz amarillenta se ilumina fugazmente, para volver a apagarse. De nuevo movimiento de objetos y roce de tejidos.

Tos.
Una chispa. Otra. Una pequeña llama azulada flota en la negrura.
El crujido de un plástico. Una risa, nerviosa y casi inaudible.
La llama se mueve, un rostro se ilumina. Un mechero enciende un cigarrillo. Vuelve la oscuridad. Una pequeña brasa se aviva a cada calada.
Un suspiro de alivio. Más caladas, más rápidas.
Se oye un murmullo lejano, ininteligible.
Crujen tablones de madera. Crujidos rítmicos, lentos y firmes; son pasos. Los pasos se detienen. Una respiración profunda. Silencio.
Crujidos aún más lentos. Un tropiezo.
Una tos.
Más pasos. Se detienen.

El mechero enciende una vela montada en un sencillo candelabro. Lentamente, el punto de luz titubea hasta crecer y alumbrar un rincón. Mediana edad, barba alborotada y gesto febril. Parpadea compulsivamente cuando las gotas de sudor se deslizan sobre sus ojos. Respira alterado. Vuelve a toser. Un fuerte impacto. El hombre reacciona rápidamente. Dirige su atención y la luz hacia el origen del ruido. Está en un cobertizo de madera. Lentamente, ilumina todo lo que tiene ante sí. Todas las ventanas están selladas con tablones. Dentro, reina el desorden. Todos los muebles y objetos están esparcidos arbitrariamente. El hombre alumbra el entorno hasta ver la puerta del chamizo; atranca una silla para obstruirla. Comprueba sigilosamente que la puerta no puede abrirse. Duda un momento. Retrocede, y descubre una mesa. La arrastra hacia la puerta. Tras colocarla, se sienta. Respira profundamente, cansado. Enciende otro pitillo, con la vela. Se relaja. Se mantiene pensativo un momento. Levanta la vela, alumbrando el techo. Recorre la superficie con la luz, hasta encontrar una bombilla colgando. Sigue el cable con la vista, grapado al techo hasta desaparecer tras el marco de una puerta entrecerrada.

Se levanta. Lentamente, se aproxima hacia la puerta, alumbrándose. Al llegar, se detiene. Ilumina el interior a través de la abertura, sin abrir más. Permanece observando unos segundos. Asoma la vista un poco más; se atreve a meter el brazo para iluminar la estancia.

Entra. Alumbra el techo, siguiendo el cable. Cruza el salón, concentrado en el techo, sin iluminar todo lo que le rodea. Llega al otro extremo. En un pequeño cuarto anexo hay un generador eléctrico; lo inspecciona, comprobando posibles desperfectos. Lo pone en marcha. Progresivamente, se hace la luz. Entrecierra los párpados, apaga la vela. Paralizado, observa todo lo que le rodea. Sujeta el candelabro como si fuera un arma.

Está pálido y empapado de sudor; tiembla. Crujen algunas tablas de madera bajo sus pies, pero el silencio es absoluto. Únicamente le acompaña su respiración entrecortada. Reanuda su paso, esta vez más vacilante. Reacciona impulsivamente con una mirada nerviosa y penetrante a cualquier mínimo sonido o movimiento ajenos; busca con los ojos el origen de todo rumor.

Se le va la cabeza; se tambalea, mareado. Se apoya en una silla. Se sienta, relajándose y dejando caer el peso de su cuerpo. Respira profundamente y cierra los ojos.

Silencio.

Tose; abre los ojos. Tiene ante sí una estantería, que hasta ese momento no había visto. En ella hay varios objetos, entre ellos, una radio. Se incorpora pesadamente, cansado. Coge la radio, un viejo trasto con la antena retorcida y cubierto de polvo; manipula el aparato. No funciona. Comprueba si hay pilas; el cargador está vacío.

Un golpe repentino le pone en alerta. Levanta la vela como si fuera un sable. Permanece alerta hasta tranquilizarse de nuevo. Vuelve a inspeccionar la radio. La llama parpadea, se torna amarillenta. Se apaga; vuelve la oscuridad. Su respiración se vuelve más intensa. Esta vez parece más un estertor, cada inhalación va acompañada de un siseo. La tos es más frecuente.

Vuelve a encender la vela. Se alumbra hasta volver a su punto de partida. Rastrea el suelo. Encuentra su linterna junto a la mochila. Vacía la linterna de pilas, colocándolas en la radio.

Enciende el aparato; la señal es muy débil, hay muchas interferencias. Gira el dial, buscando alguna emisora. Sólo se captan voces ininteligibles. Le da un manotazo al cacharro, y el volumen sube repentinamente. Busca lentamente, pero sólo capta ruido blanco, oscilaciones y algún murmullo lejano. Ocasionalmente, suena música. Cuando prácticamente ha recorrido todo el dial, encuentra una voz. Parece captarse bastante bien, pero el volumen es insuficiente para entender las palabras.

La luz parpadea levemente, enrojeciéndose el filamento de la bombilla.

El hombre zarandea el aparato. Vuelve a golpearlo. La voz se oye ahora claramente. Escucha atentamente, muy interesado por las palabras, pronunciadas por lo que parece un locutor de informativos:

“…desde el inicio de la alerta internacional, la situación se ha descontrolado, hasta el incontenible caos actual…”

Interferencia

“…las medidas de seguridad adoptadas han resultado insuficientes… Las bajas son en estos momentos difíciles de cuantificar, así como las pérdidas económicas…”

La luz vuelve a temblar. Más interferencias en la señal de radio. Las palabras llegan entrecortadas. Se pierde la señal. El hombre maldice entre dientes. Más golpes a la radio. Se recupera la emisión:

“…es imprescindible para la supervivencia mantenerse en la oscuridad sin producir ningún sonido llamativo…”

Las bombillas del cobertizo vuelven a encenderse. El generador produce ahora un traqueteo metálico considerable. El hombre se queda sin reaccionar, con la radio en las manos, a todo volumen, y todas las luces de la cabaña encendidas.

Apaga la radio. Se levanta lentamente, y camina muy sigilosamente, casi sin levantar los pies de los tablones de madera. Casi no respira, solo una tenue ronquera. Parece en trance, muy concentrado, casi ausente. Actúa como un autómata, tenso y con la mirada perdida.

Ahora, cualquier pequeño ruido se amplifica en el silencio hasta distorsionarse. Vuelve hacia el generador y, sin hacer apenas ruido, lo apaga. La luz se desvanece nuevamente. En la más absoluta oscuridad, la respiración se vuelve intensa y entrecortada.

Un crujido en el exterior. Se detiene la respiración. Desde fuera del cobertizo llegan sonidos que se aproximan lentamente. Un extraño murmullo, que se funde con crepitar de hojas y ramas. Aumenta el volumen. Murmullos y crujidos se mezclan con gritos esporádicos.

La respiración se hace más intensa. En el exterior hay un estruendo que lo envuelve todo. Repentinamente, se hace el silencio.

Respiración nerviosa. Pasos. Pasos pesados, vacilantes, sin ritmo. Se corta la respiración. Más pasos. Más intensos y con más frecuencia. Una tos. Los pasos se detienen.

Silencio absoluto.

Un rasgueo. Algo similar a arañazos. Uñas rascando madera. Lentamente, el estruendo de cientos de manos golpeando y arañando las paredes se vuelve insoportablemente omnipresente. Haces de luz empiezan a colarse entre los tablones, que se dislocan producto de los golpes. Caen clavos y se parten algunas maderas. El zarandeo se apaga hasta desaparecer.

Vuelve el silencio. En penumbra, el rostro asustado del hombre intenta ver en la oscuridad, buscando con la mirada todos los rincones. Sigue cualquier pequeño rumor con bruscos movimientos de la cabeza.

Sombras fugaces atraviesan los haces de luz. Repentinamente, vuelve la luz a la cabaña. Encogido en un rincón, el hombre cierra los ojos y agacha la cabeza, adoptando una posición fetal. Levanta la cabeza; busca en sus bolsillos. Enciende un cigarrillo; fuma concentrado, disfrutando cada profunda calada.

Vuelven a oírse golpes y arañazos. El hombre termina el cigarrillo, apurándolo hasta el final. Respira profundamente.

El ruido crece hasta hacerse insoportable. La radio cae al suelo, encendiéndose repentinamente. Las oscilaciones y pitidos de la señal inundan la estancia. Entrecortada por las interferencias, llega la señal radiofónica:

“…el avance ha sido muy rápido, nadie se explica el origen de este fenómeno…

…recomienda a todo aquel… quiera preservar su individualidad, busque refugio en zonas apartadas de las áreas metropolitanas…

…una seria amenaza para la supervivencia de la especie huma…”

Se interrumpe la señal. Silencio súbito.

Mientras tanto, la cocina de un restaurante de comida rápida está a pleno rendimiento; movimiento de cocineros y freidoras en constante ebullición.

El viento remueve violentamente los árboles en las aceras.

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