El rastro dela baba de caracol

Por: Paula Arizmendi

Cuando la memoria lleve tus pasos

al cementerio, rinde culto

reverente al sagrado misterio

de nuestro futuro desconocido.

Constantino Cavafis

1. El rastro

Entre, me dijo con voz temblorosa, y ahí tras él se agrupaba una inquietante oscuridad. Entre, entre, jovencito, me repitió, con una alegría torva en su voz, como si no hubiera dicho ninguna palabra desde muchos años atrás, hasta ahora, justamente conmigo —¡Qué suerte la mía!—. La oscuridad que brotaba del piso hacia el vestíbulo se volvió más intensa, lo cual era un poco raro porque un minuto atrás resplandecía el sol rubicundo y descarado en el patio trasero, en las ventanas, en los pasillos, antes de llegar a la puerta del viejo vecino del 104, como si un chaparrón se avecinara derrotando los pronósticos del tiempo, que anunciaban esta mañana Cielo despejado y poca humedad. Entre, me repitió una vez más, y en sus labios se creó un atisbo de sonrisa o mueca —no supe descifrar qué era—. Un escalofrío me recorrió la espina, pero miré hacia mi placa que decía Presidente de la comunidad, y desde esa autoridad elegí hacerle caso omiso al castañeteo, y entrar. Si no puede pasar nada malo, pensé.

Escudado en mis papeles, en los formularios que debía rellenarme aquel vecino, y en el resto de hojitas de color que llevaba para ganar un poco de seguridad, tartamudeé que estaría nada más un segundo, que tenía un poco de prisa, que me esperaban, pero los dedos expertos del anciano me despojaron del abrigo y la bufanda, y me quedé sin saber en dónde esconderme, con esas mangas demasiado cortas de una camisa que nunca me ha gustado, en un recibidor cada vez más oscuro y con un perchero lleno de abrigos y sombreros de quién sabe qué clase de sujetos, quién lo sabe. Maldiciendo para mis adentros, tartamudeé nuevamente y le dije al viejo que en realidad tenía que marcharme, que volvería otro día, lo juro, en serio, le dije, y el viejo me miró con avidez, y asintió enfebrecido una y otra vez sin escuchar razones. Con paso firme me condujo a la sala, y en el ínterin llegué a un pasillo que no parecía querer acabar jamás, un pasillo que iba volviéndose cada vez más lóbrego, cada vez más fúnebre, un pasillo como los que recorren los condenados a muerte. Tragué saliva con dificultad, y me sobresaltó sentir de pronto la mano del anciano sobre mi hombro. Era extraño, pero no había notado que aquel señor fuese tan alto, porque ahora que me percataba de esa mano huesuda y sudorosa no sentía que el viejo se esforzase, que hiciese algún movimiento violento para alcanzar mi hombro, dado que soy bastante alto también. Con el paso de los segundos, el brazo del anciano debería quitarse de mi hombro, pero seguía allí, no decaía, no se detenía el contacto entre mi piel erizada y su carne fría y húmeda. Caminé un poco más rápido, pero el viejo aceleró sus movimientos y armonizó sus pasos con los míos. Ahora era yo el que empezaba a sudar, pero no me atreví a decirle nada, porque qué pensaría entonces del joven y flamante Presidente de la Comunidad de Vecinos, faltaba más. El pasillo seguía, amenazante, inacabable.

2. La carne

Y de repente, luego de unos difusos instantes (¿Horas? ¿Años?) de agonía, descubrí que casi llegaba al final del pasillo, ahí donde la oscuridad se hacía terriblemente patente, casi sólida. Pero no me importaba, lo único que deseaba era que el viejo dejara de tocarme con esos dedos afilados, y que el contacto acuoso entre carne y carne dejase de existir, porque no soportaba su tacto frío y caliente a la vez, aguado y pegajoso, como caracol que se escurría por mi cuerpo e iba dejando una estela de baba viscosa. Avancé, avancé, y de repente, bendita madre de dios, llegó la entrada de la sala, y con ella la evaporación de la baba, por favor. Ahí, entre tinieblas, entrecerrando un poco los ojos para ver los jirones de luz que se aparecían por allí y por allá, fue emergiendo la sala solemne, imponente, temible: un cementerio de objetos indescifrables, un osario, una llanura abandonada en la que los animales van a morir. Repleto de muñecas, y diarios, y frascos vacíos de perfume, y restos de bicicletas y muñones mordisqueados de algo que parecía haber sido un parte de un cuerpo grande —quizás humano—. Y a lo lejos, entre pilas y pilas de discos y teléfonos, en un pequeño meandro, entre las mareas de trapos sucios y cientos de miles de cacharros podridos, se veían varios cráneos desnudos de niños o muñecos muy viejos y muy calvos y encogidos, que casi no podían moverse y que parecían estar llorando. No se oía nada, pero parecían llorar, o eso creí. Y mi miedo crecía tan desmesuradamente que arranqué la baba de la mano del viejo, que seguía en mi hombro, choqué con el resto de su cuerpo, farfullé unas cuantas frases incomprensibles. Chillé un poco sin poder evitarlo, y me lancé hacia la salida de ese piso abominable, lo cual parecía más difícil porque el anciano se volvía un obstáculo cada vez más grande e insuperable. Manoteé un poco, tiré patadas que no pegaban a nadie, y sin escuchar la voz del viejo, cada vez más cavernosa, corrí hasta el umbral liberador, hacia el lugar de luz, a ese vestíbulo radiante y esa escalera que me llevaría al mundo de los vivos, a la normalidad, al alivio. Y dejaría atrás la casa de los muertos, el cementerio de los trastos inútiles, el osario de la gente extinta en que casi me convertía.

3. La concha.

Unas horas después de haber realizado la denuncia, la policía llamó a mi puerta. Habían terminado la inspección, Hemos revisado toda la casa: un clásico síndrome de Diógenes, me dijo exasperante el sargento, tan macho, creyéndose muy valiente por haber llegado hasta el final del piso (¿Lo habría hecho en verdad?). Nada que preocuparse, Señor Presidente, me anunció con un molesto dejo de petulancia, Ya lo sacaremos todo y no habrá de qué preocuparse. Luego insistió, esta vez con lengua callosa: Nada de qué preocuparse, Señor, y me sonrió desde una dentadura recientemente pulida. El miedo comenzó a correr entre mi sombra y mi cabeza. Pronto se fue el sargento. Y al mismo tiempo las pocas evidencias del vaciamiento del departamento 104 comenzaron a asaltarme. La duda me fue goteando lentamente (¿De verdad lo habría hecho?). Pero, luego de un par —o cientos— de cervezas, concluí que simplemente había imaginado cosas, esa mirada extraviada del viejo, ese cementerio, esa baba viscosa, y que era mejor no decir nada. ¡Qué dirían los vecinos de su Presidente! No imaginar, no recordar, no pensar. No pensar.

No pensar.

No recordar.

No

4. Lapútridababa.

Tras un trillón de noches el insomnio me sigue carcomiendo. Estrés postraumático, dice siempre mi mujer. No pasa nada, me consuela. No has visto ningún monstruo, jura muy seria una y otra y otra vez. En esa casa no había muertos, repite como disco rayado. No estás mojado, grita una vez más. No puede entenderlo: solo yo sé que nada ha acabado. Que el cementerio sigue allí, en la turbia cueva del vecino del 104. Que el viejo lo esconde todo, a la policía, a mi mujer, a los del edificio.

Y sus manos húmedas se me aparecen a toda hora, como si fuese un zohar, esa monedita árabe, hijadeputa, que no se borra de la cabeza. Es el agua de sus manos la que no se me quita. Las babas del caracol que aun me escuecen, y se me han adherido como un virus mutante. Cuando mi mujer me toca las siento arder ahí, húmedas, pegajosas, nauseabundas. Todo se va llenando de baba, la cama, la comida, las paredes, las manos agobiantes de mi mujer, mis propias manos. No pasa nada, amor, duerme que no has visto nada, dice exasperada. Inconsciente de que su voz también lleva baba. Yo solo puedo llorar para mis adentros, solitario, abandonado, en el páramo desolado, en el camposanto, en la llanura abandonada donde las bestias llegan a morir.

Donde he llegado yo, exhausto, insomne, agonizante. Húmedo, viscoso.

Hecho agua.

5. El caracol que se bifurca.

Hecho polvo, y agua.

¿Soy yo o soy el viejo?

Ninguno, o los dos. Mi mujer se ha ido. Hace años que solodeambulosolo.

Pero de algo me he ido asegurando noche tras noche, solo en esa casa:

uno, que ambos yacemos abandonados en ese cementerio,

y dos, que ambos

somoslamismababa

lamismababa

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