La imposibilidad del silencio.

Por Jordi Corominas i Julián

 

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Cuando paseo trabajo y no lo entiende mucha gente. Caminar es una forma de activar la curiosidad, pero la educación indirecta de la posmodernidad impide que la mayoría use sus pies en concordancia con los otros cinco sentidos mientras se está en la calle.

Imagino una pequeña parcela urbana un día cualquiera de 2015. Estamos en el cruce de Urgell con Gran Vía. En el semáforo el 80% de los transeúntes consultan su teléfono móvil. El resto mira a un punto indeterminado, quizá fijan su atención en el muñequito rojo a la espera del verde. Más allá observo entes individualizados con rostro de velocidad. Cumplen su rutina, no miran hacia arriba ni disfrutan del sosiego porque en su cabeza la única opción es andar para ir de casa al trabajo y viceversa.

Muchos de esos seres humanos escuchan música mientras avanzan por la cuadrícula. Son incapaces de escapar de sí mismos y los sonidos de sus aparatitos a la última los encierran en una plácida cárcel de alienación. A su alrededor pocos hombres, anónimos como ellos pero con un toque de espionaje en su mirada, campan libres. Los reconoceréis por su paso lento y una determinación distinta. Como todo hijo de vecino su jornada tiene una meta, aunque la diferencia es su valoración del camino. Circula sin auriculares y saborea los recovecos de la ruta. No le importa perderse y sabe que a cada esquina podrá encontrar una historia.

El ejemplo de Baudelaire ha servido para tipificar esta categoría de observadores como flâneurs. No está mal visto. Aprovechan la rutina del resto de la ciudadanía para desmarcarse y sacar petróleo de la nada. Desprovistos de la carga sonora de canciones y decálogos pactados van con una chistera en la que apilan la cosecha de las avenidas. Soy uno de ellos y mientras escribo este texto me doy cuenta de los tres planos que configuran mi soundtrack al aire libre.

La primera está en los pantalones o en el bolsillo de mi chaqueta. Se llama teléfono móvil y ha alterado el equilibrio. Algunas estadísticas recogen el tic contemporáneo de pensar que el chisme nos avisa cuando no es verdad. Sus melodías son omnipresentes y en más de una ocasión determinan nuestros movimientos de forma ansiosa.

La segunda es mi mente. Muchas veces sirve como un ordenador perfecto. Caminamos y pensamos, avanzamos y las neuronas conectan circuitos de lo que el ojo ve, pero también tenemos música dentro, por eso a veces llego a casa y necesito encender el equipo y dejar que suene el tema que me ha acompañado durante mi periplo, como si así expiara el paso de lo mental al sonido auténtico. Sin embargo el otro punto destacable es que esta mente funciona como recolectora de los estímulos que surcan la travesía.

El tercer punto, huelga decirlo, es el exterior, donde la imposibilidad del silencio se ha convertido en un axioma. Quizá esa mutación fue la que excitó a Baudelaire para convertirse en el notario de la ciudad moderna. En 1920 alguien recopiló un esquema del ruido en Nueva York. Lo dividió en varios apartados y sumó un centenar de estridencias: coches, motos, neumáticos gastados, cláxones, sirenas, campanas, silbatos, autobuses, altavoces, gramófonos, pianos, instrumentos musicales, radios, taxis, papeleras, carteros, gritos, silbidos, piropos, aviones, terrazas de restaurantes y así hasta el infinito.

Ha pasado casi un siglo. El elenco estadounidense no contempla un estrépito clave: el perpetuo ruido de los extractores, tampoco la belleza de los mirlos al amanecer porque son un sonido anterior a la era industrial que permanece contra viento y marea. Una tarde hace quince años me senté al final del Foro Romano para contemplar toda su extensión. Eran los Idus de Marzo de 2000 y la Urbe se engalanó para conmemorar al conquistador de la Galia. A base de pasear llegó un instante en que conocía mejor las calles de la capital italiana que las de Barcelona. Cada día me sumergía en el laberinto para hacer míos rincones solitarios, despreciados por guías y carteles. Ese miércoles al sentarme en una piedra bimilenaria alcancé un grado de concentración que canceló todo el alboroto que nos circunda.

Me ensimismé, llegué al momento cero que anulaba el fragor y sólo desperté cuando un guardia me avisó del inminente cierre del complejo arqueológico.

Los sonidos de la ciudad son ruinas efímeras que sólo nosotros podemos rescatar a sabiendas de la quimera de compilarlas en una inexistente cámara acorazada. Como mucho podemos reproducirlas en nuestras creaciones como ya intentó Satie en 1917 en el ballet Parade, donde la introducción del tecleo de máquinas de escribir era una revolución auditiva. La sedación generalizada produce que muchos de los viandantes sean incapaces de captar tantas explosiones que configuran una sinfonía del presente al haberlas asumido como una pieza más del rompecabezas. Quizá hasta hacen bien, pero quien olvida las esencias que nutren nuestra cotidianidad está condenado a comprender menos su entorno con todo lo que conlleva.


Jordi Corominas i Julián (Barcelona, 28 de abril de 1979) es escritor, crítico literario y agente cultural. Ha publicado novelas, ensayos y libros de poesía. Es fundador de Loopoesía, proyecto multidisciplinar que en 2015 cumple seis años. Ha colaborado en publicaciones nacionales e internacionales. Su último libros son Barcelona 1912: el caso Enriqueta Martí (Sílex), el poemario Laocoonte (Versos&Reversos) y La mentira que siempre dice la verdad, su traducción antologada de las poesías de Jean Cocteau. Colabora en El Mundo, El Diario y Radio3.

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