La partitura silenciosa

Por Rafael Buzón

 

yo me uno al silencio

yo me he unido al silencio

y me dejo hacer

me dejo beber

me dejo decir

apuñalada por lo ausente

por la espera bastarda

renaceré a los juegos terribles

y lo recordaré todo

– Alejandra Pizarnik

Recuerdo que la primera vez que escuché “Sounds of silence” de Simon and Garfunkel me suscitó una curiosa perplejidad. Aún era muy niño y el lenguaje simbólico me era totalmente ajeno, no podía comprender a qué sonidos se podía referir la canción. Mi concepto de silencio implicaba precisamente la ausencia de sonido.

Pero desde aquellos lejanos días algunas lecturas y músicas me han hecho entender que sonido y silencio no tienen por qué ser en realidad términos contrapuestos.

Para empezar, el silencio forma parte de la música, es una figura musical, queda integrado en su discurso. La manera en que algunos músicos acentúan los silencios hace que queden entrelazados en un mismo motivo con las notas sonoras y relativiza la clásica contraposición binaria entre ambos conceptos.

Esto sucede en cualquier estilo, pero si hay un músico que profundizó en la cuestión llegando a eliminar las fronteras entre silencio, sonido y ruido es John Cage. Después de su música y su pensamiento la línea que separa estos conceptos queda desdibujada para siempre. Cage centró la atención de la música en el sonido puro, aislándolo de las leyes de la armonía y de cualquier posible característica de representabilidad, liberándola así de la intervención del compositor y los intérpretes. Aspiró a crear una música sin intención (o quizá dejó que la música se creara a sí misma), sin dirección, a través de “operaciones de azar” como los hexagramas del I-Ching (El libro de las mutaciones) , las cartas del Tarot, programas informáticos o casi cualquier método que produjera combinaciones aleatorias.

Cage decía que “No existe nada que no sea música”, definió el silencio no como lo opuesto al sonido, sino como el conjunto de ruidos no organizados en un acto de composición. Por tanto la distinción queda establecida más bien entre aquellos sonidos que producimos intencionalmente y los que surgen independientemente de nuestra voluntad. El silencio no es entonces una realidad física, sino un estado mental porque, en realidad, estamos rodeados permanentemente de sonidos. La obra que lleva estas ideas a sus últimas consecuencias es 4.33’, su célebre «pieza silenciosa», que en realidad no está compuesta por silencio absoluto, sino por el sonido ambiente que se produce en la sala de concierto de forma natural por parte del público que asiste a la interpretación de la misma.

Esa idea de silencio mental o conceptual según la que silencio y sonido pueden ser las dos caras de la misma moneda, está presente también en otros ámbitos como la poesía o la mística. Aún siendo palabra, la poesía es también silencio. En la poesía la palabra puede llegar a ser en ocasiones la cristalización del silencio. La densidad más grande de significado léxico está en la poesía, y eso la acerca al silencio. Por otro lado, desde la mística suele considerarse al silencio como una forma de rebeldía, como algo que hay que conquistar. Precisamente la meditación intenta apartarnos de los ruidos e imágenes mentales para alcanzar el vacío en el que pueda resonar lo esencial. Ejemplo de ello son los mantras budistas, vibraciones sonoras hipnóticas que los monjes utilizan para aislarse del ruido que impide lograr ese silencio mental.

Seneca decía que a pesar de vivir rodeado de ruido, vivía en paz porque él gozaba de un gran silencio interior. Por contra, el hombre moderno e hiperconectado apenas soporta ese silencio improductivo (desde el punto de vista capitalista) que deja espacio a la reflexión y al cuestionamiento de uno mismo. Es más fácil huir de todo y por eso nos vemos en la necesidad compulsiva de llenarnos continuamente con toda clase de información y ruidos intrascendentes.

Por tanto, dejémonos conquistar por el silencio, después de todo al ubicuo y mundanal ruido podemos volver cuando queramos, siempre estará esperándonos.

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