Antes y después y antes y…

Por Javier Seguer

edición impresa

 

Se ha abierto la puerta. El sol no traspasa el umbral, absorto, como está, en su recogimiento vespertino, pero alguna que otra sombra acompaña unos pasos que, penetrantes, dejan la luna amaneciente a sus espaldas. Un hombre cualquiera, de esos que caminan por las calles viejas, apenas distinguible entre sus ocres, sin sombrero ni ceremonias, entra y toma asiento a la mesa. Su mirada horizontal no llega a rozarme. Lo miro con la inexplicable certeza de que voy a perderme en su lejanía. Siento cómo su presencia milenaria está presente en todas las cosas, su aura incorrupta irradia el tiempo que entrecruza las existencias. Tomo asiento frente a él, en litúrgico silencio. Espero. En la sala hace más bien calor, pero no se desabrocha ni un botón del abrigo, como si todo él fuese macizo, de una única pieza. Sigo esperando hasta el aburrimiento, nada sucede, hasta que voy dessintiéndome, desciende por la espalda el vacío líquido de mi mente, despojándome, sumiéndome en un letargo al que no ofrezco ninguna resistencia.

Despierto, quedando atrás la memoria del suceder. No consigo reencontrarme, como si nunca hubiese sido o fuera a ser. Mi visitante, lejos de cualquier norma de cortesía y saber estar, se ha convertido en un centenar de pequeños hombrecillos que corretean por toda la pieza con sus diminutos abrigos tan perfectamente abotonados que, por un efecto aerodinámico, cortan el aire provocando un zumbido, más que molesto, insoportable. Me veo obligado a ensartarlos uno a uno con un palillo y comérmelos. Tienen un sabor agradable, indefinible, entre el manjar y el poliéster. Tras el último, de nuevo el silencio y la nada del deseo no deseado. Mi vientre comienza a hincharse, debí echarles limón. Preñado de luz, puedo verlos dentro de mí jugando a las sombras chinescas, pero antes que alarmarme, prefiero seguir esperando, porque toda espera tiene su objeto y yo, sin lugar a dudas, tengo algo dentro que no deja de crecer. Una claridad cada vez más intensa traspasa mi piel, por momentos más fina, hasta que lo inevitable no es evitado. Una explosión me desentraña abriendo camino al alba, haciendo eclosionar el último límite como si el nacimiento de un nuevo acto fuera, al fin, posible.

Formo parte del todo sin ser nada, existencia sin más que penetra el silencio de las cosas, pertenezco a la génesis de un nuevo futuro, al origen de un nuevo infinito sin origen. El cosmos brota de sí siendo él yo mismo, me expando sin más necesidad que la de existir, el magma del azar cruza todos los vértices y sustenta todas las combinaciones.

Sorprendentemente mantengo el prejuicio de la consciencia, la ilusión de ese pasado que se mantiene siempre pegado al presente, pero no soy más que presencia, como parte y como todo. Puedo abrazar todo el tiempo en este acto, en el acto, pues es único y total. Su densidad es absoluta y alberga todas las existencias contenidas en las variables posibles e imposibles. Contemplo impasible la generación espontánea de la materia, de la vida que se cree algo más que materia y de los dioses de quienes se creen algo más que la vida, sostenidos inusitadamente en el vacío que lubrica todos los ejes. A medida que van penetrando en mi ser, toman formas codificadas que poco a poco adquieren sentido, hilvanándose, interrelacionándose, transmutándose en la mayor alquímia de la omnipotencia. No hay nada más hermoso, pero el cambio es la ley de lo inmutable, y, mientras contemplo la exultante germinación, empiezan a ensombrecerse algunos puntos aquí y allá, dejando poco más que unos hilillos de luz más brillante que mil soles, que no logran ir más allá de su propio destello.

A medida que las cosas se me presentan, se desgranan en lo efímero, como si esa condición fuera su existir, aunque tengo la certeza de, sin saber cómo, ser el causante de este magnicidio. Los signos se generan por todas partes incontroladamente, recortando sin contemplaciones las entidades cósicas con una voracidad que trasciende todo concebible apetito, las  despojan de lo suyo propio en beneficio del manejo conceptual, las convierten en útiles de cadenas lógicas, reduciéndolas a ínfimas categorías, quién sabe si escondiendo aún algo de esa existencia dilapidada en pos de una esencia suplantadora. Nada está a salvo, todo es engullido y defecado, espero paciente mi silogismo digestivo.

Reino sobre lo creado y lo increado sin que se me pueda imaginar. Soy, al fin, conciencia pura, razón desmaterializada, inmutable potencia resultado accidental de 2 haces de protones de 7 TeV de energía que chocan 600 millones de veces por segundo, prácticamente a la velocidad de la luz, 2 grados por encima del 0 absoluto, en un acelerador de partículas de 27 kilómetros de circunferencia creado para buscar a dios, al bosón de Higgs, al nuevo átomo del tercer milenio, la respuesta entre respuestas que esperan encontrar en un amasijo de posibles strangelets, monopolos magnéticos, partículas supersimétricas, microagujeros negros e incontables existencias que ni siquiera han sido capaces de concebir sus mentes preclaras, pero, eso sí, siempre en términos de masa, pues quieren comprar la divinidad por kilos. Aquí soy, despegado de la materia, sin suscitar atenciones, contemplando mi teatro de marionetas, ante una nueva respuesta que suscitará otra vez las mismas viejas preguntas. Pero el tedio no me embriaga, sé cómo empieza y cómo acaba, me cansan los agoreros y los ilusos. No los necesito, no necesito nada, me basto y me sobro, y eso es todo en este túnel, nada más, todo está en mí y por mí, soy tan necesario que me parece estar de más, no hay cambios, el río es siempre el mismo. Era mejor estar inmerso en la materia, en su sedante existir, en su deriva de tiempo, cegado por la ignorancia, sin porqués en las mentiras… pero algo me atrae, me arrastra a su garganta, un minúsculo agujero negro que no es capaz ni de atrapar otros cuerpos tira de mí con la esperanza de superar su condición efímera, me dejo vencer, quizá así llegue a término el hastío entre la oscuridad de sus paredes.

Nieva. Camino sin rumbo por las calles con la sensación de llevar una eternidad perdido. Me abotono el abrigo hasta arriba pero el frío parece brotar de todas partes, tanto dentro como fuera de mí. Debo buscar refugio, voy hacia la casa más cercana, estoy muy cansado, no tengo fuerzas ni para hablar, la mirada se me pierde en la memoria. Se ha abierto la puerta.

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