La plastilina interna

Por Carlos Lopez Aguirre

El lenguaje es más que sangre.

Franz Rosenzweig

Qué bueno ver tus ojos por aquí. Sí, te hablo a ti. No pares, me gusta llamar tu atención. Date un momento para pensar en mí: Después de utilizarme y ni siquiera dedicarme unos minutos para agradecer todo lo que hago por ti.

No es soberbia. Yo nunca miento, pero tú sí. Te engañas. Me utilizas para hacerlo. Y no puedo hacer nada para impedirlo, porque tú y yo somos inseparables. Desde siempre ha sido así. Al principio creíste que el mundo era todo aquello que veías, y era suficiente señalarlo todo con el dedo. Hasta que comprendiste que ese universo había que nombrarlo para entenderlo y ahora es imposible que eso cambie.

Estamos condenados. Vivo en tu cabeza, dependo de ti, de tu curiosidad, de tu voluntad por saber. Es así como me hago más grande, y entre más complejo, más sencilla es para ti la vida.

Mientras juegas conmigo, tú mismo te transformas. Naciste con la capacidad de conocerme, de utilizarme, de decirme, de moldearme, de maltratarme. Crees que haces conmigo lo que te da la gana, pero lo cierto es que yo soy la medida de tu mundo y de ti mismo.

¿Sigues ahí? Creo que sí.

Ahora crees que te hablo desde este texto, pero en realidad si no me tuvieras en la cabeza, las hileras de pequeños trazos que ahora observas no te dirían absolutamente nada. Pero como vivo en ti, te lo puedo decir todo, te lo puedo explicar todo. A veces  te suceden cosas en las que sueles decir “no tengo palabras para explicarlo” y quizá sea así, porque eres un ser limitado. No te ofendas, a veces lo sospechas, pero prefieres pensar en otra cosa. Lo sé, porque yo te acompaño en esos escapes tan tuyos, tan humanos. Porque si te lo propusieras, crearías términos novedosos, frases infinitas que pudieran darle sentido al desgraciado mundo que te rodea y que te deja a veces en silencio, mientras tu cabeza gira, explota y se deshace en mil pedazos para explicar tanta mierda.

Me molesta que en ocasiones me utilices para pensar que soy tu enemigo. Que las explicaciones que te doy (que te das) son demasiado descarnadas, crueles. Entonces intentas alejarte de mí, pero no lo logras, apenas me usas para engañarte, para creer que el mundo es mejor de lo que parece, que tú eres mejor de lo que eres. Entonces te sientes reconfortado, incluso feliz. No te culpo. Sólo te pido que consideres que yo también soy parte de ese mundo insoportable. Y es necesario que sepas que tú también lo eres.

En otros momentos consideras que soy una trampa. Que lo que piensas no se corresponde con el universo,  que soy una materia limitada que jamás logrará abarcarlo por completo. Sólo te recuerdo que tú me creaste para conseguir ese objetivo inalcanzable. Nadie tiene la culpa.

Mejor piensa en todo aquello de lo que somos capaces, juntos podemos evadirnos del mundo y sus miserias, dialogamos, tú y yo solos. Entonces decides el camino. A veces volvemos sobre tus pasos y vuelves a tus juegos de niño, a ese regaño determinante, a esa caricia nueva, a esos labios inolvidables. O piensas en esas infinitas posibilidades de vida si tus decisiones hubieran sido distintas. Crees que serías otro. Pero entonces sonríes y te das cuenta de que eso es imposible, como imposible es que llegaras a esa conclusión si yo no te acompañara en todo ese proceso.

Cuando más me gustas es cuando creas. Cuando expandes el cosmos y la realidad se modifica hasta transformarlo en algo que sólo existe en ti. Tú, lector, en algún momento de tu existencia me plasmaste y jugaste conmigo en tu mente para concebir nuevos ritmos, estilos y formas. Lograste, gracias a mí, convertirte en un pequeño dios creador de cielos y de tierras, formaste seres nuevos y los llevaste por un destino incierto.

Ahora te dejo en paz, sigue con otras lecturas o cierra le revista. Me dio gusto saber que pasaste por aquí. Sigue tu camino, sólo recuerda (y a veces es necesario que lo hagas) que mientras tus facultades estén intactas, yo te acompañaré en tu camino, en tu crecimiento, en tus ideas, te explicaré tus voluntades y, por supuesto, mentiremos como tiranos, a ti y a los demás, incluso sin darnos cuenta.

 

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