Darkness there and Tusitala more!

El 3 de Noviembre del 2016, en ocasión de las celebraciones por el Día de Todos los Santos -Día de Muertos, Halloween, Samhain o como prefiráis llamarlo-, hicimos un microfestival de literatura fantástica y de terror, en donde de manera simultánea acompañamos lecturas de poesía y relatos tenebrosos, con música oscura en directo y proyecciones de películas clásicas de terror. Nos consta que el resultado provocó pesadillas a más de uno…

Se pueden ver algunas fotos de todos nuestros eventos, incluyendo este, en este enlace.

Aquí os compartimos algunos de los textos que leímos:

  • Vientos estelares | Lovecraft
  • Fantasmas |Anne Sexton
  • Signos | Alejandra Pizarnik
  • Un chico de dos cabezas |Adam Zagajewski
  • Semper Eadem | Charles Baudelaire | Las Flores del Mal
  • El pulpo | José Emilio Pacheco
  • A la Espera de la oscuridad | Alejandra Pizarnik | La segunda inocencia
  • El cuervo | Edgar Allan Poe | Traducción de Julio Cortázar
  • Dos de noviembre | Stella Díaz Varín
  • El amor y el cráneo | Charles Baudelaire
  • Pedro Páramo (fragmento) | Juan Rulfo
  • El gato negro (fragmento) | Edgar Allan Poe
Ilustración de Sam Shearon

Vientos estelares | Lovecraft

Es la hora de la penumbra crepuscular,
casi siempre en otoño, cuando el viento estelar se precipita
por las calles altas de la colina, que aunque desiertas
muestran ya luces tempranas en cómodas habitaciones.
Las hojas secas danzan con giros extraños y fantásticos,
y el humo de las chimeneas se arremolina con gracia etérea
siguiendo las geometrías del espacio exterior,
mientras Fomalhaut se asoma por las brumas del Sur.

Ésta es la hora en que los poetas lunáticos saben
qué hongos brotan en Yuggoth, y qué perfumes
y matices de flores, desconocidos en nuestros pobres
jardines terrestres, llenan los continentes de Nithon.
¡Pero por cada sueño que nos traen estos vientos
nos arrebatan una docena de los nuestros!


Fantasmas | Anne Sexton

Algunos fantasmas son mujeres,
ni abstractas ni pálidas,
sus senos son tan blancos como peces muertos.
No son brujas sino fantasmas
que vienen moviendo sus brazos ociosos
igual que sirvientes desamparados.

No todos los fantasmas son mujeres,
he visto otros;
hombres gordos de vientres abultados
llevando sus genitales como trapos viejos.
No eran demonios sino fantasmas.
Uno de ellos arrastra los pies descalzos, dando tumbos
encima de mi cama.
Pero eso no es todo.
Algunos fantasmas son criaturas.
No son ángeles sino fantasmas;
ensortijados como rosadas tazas para el té
en cualquier almohada, o pateando,
mostrando sus inocentes traseros, gimoteando
por Lucifer.


Signos | Alejandra Pizarnik

Todo hace el amor con el silencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.
De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.


Un chico de dos cabezas | Adam Zagajewski

Un chico de quince años tenía un gato
en la abertura de la cazadora azul.
El gato giraba su cabecita
y sus grandes ojos lo observaban
todo, con mucha más atención
que los ojos humanos.

Comparo la mirada perezosa de este chico
en este tren cálido y seguro
con las estrechas y atentas pupilas del gato.

Ante mí tenía un chico de dos cabezas,
la inquietud del animal lo hacía más rico.


Semper Eadem | Charles Baudelaire | Las Flores del Mal

“¿De qué viene, dices, esta rara tristeza
que asciende como el mal hasta el negro arrecife?”
-Cuando nuestro corazón ha hecho una vez su vendimia,
¡Vivir es un mal! Es un secreto a voces.

es un dolor muy simple y sin misterio alguno,
Y, como tu alegría, notable para todos.
Deja, pues, de buscar, ¡oh mi bella curiosa!
Y ¡cállate¡ por más que tu voz sea dulce.

¡Cállate, ignorante! ¡alma siempre extasiada!
¡Boca de risa infantil! Más aún que la Vida,
La Muerte nos atrapa con sus lazos sutiles.

Deja, deja que mi alma se embriague con una mentira,
Que se sumerja en tus ojos como en un bello sueño,
Y largo tiempo duerma al pie de tus pestañas.


El pulpo | José Emilio Pacheco

Oscuro dios de las profundidades,
helecho, hongo, jacinto,
entre rocas que nadie ha visto, allí, en el abismo,
donde al amanecer, contra la lumbre del sol,
baja la noche al fondo del mar y el pulpo le sorbe
con las ventosas de sus tentáculos tinta sombría.
Qué belleza nocturna su esplendor si navega
en lo más penumbrosamente salobre del agua madre,
para él cristalina y dulce.
Pero en la playa que infestó la basura plástica
esa joya carnal del viscoso vértigo
parece un monstruo; y están matando
/ a garrotazos / al indefenso encallado.
Alguien lanzó un arpón y el pulpo respira muerte
por la segunda asfixia que constituye su herida.
De sus labios no mana sangre: brota la noche
y enluta el mar y desvanece la tierra,
muy lentamente, mientras el pulpo se muere.


Alejandra Pizarnik, ilustración de Cristina Jimenez.

A la Espera de la oscuridad | Alejandra Pizarnik | La segunda inocencia

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos


El cuervo | Edgar Allan Poe | Traducción de Julio Cortázar

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!


Dos de noviembre | Stella Díaz Varín

No quiero

que mis muertos descansen en paz

tienen la obligación

de estar presentes

vivientes en cada flor que me robo

a escondidas

al filo de la medianoche

cuando los vivos al borde del insomnio

juegan a los dados

y enhebran su amargura

Los conmino a estar presentes

en cada pensamiento que desvelo.

No quiero que los míos

se me olviden bajo la tierra

los que allí los acostaron

no resolvieron la eternidad.

No quiero

que a mis muertos me los hundan

me los ignoren

me los hagan olvidar

aquí o allá

en cualquier hemisferio

Los obligo a mis muertos

en su día.

Los descubro, los trasplanto

los desnudo

los llevo a la superficie

a flor de tierra

donde está esperándolos

el nido de la acústica.


Charles Baudalaire

El amor y el cráneo | Charles Baudelaire

El amor está sentado en el cráneo

de la Humanidad,

y desde aquel trono, el profano

de risa desvergonzada,

sopla alegremente redondas pompas

que flotan en el aire,

alcanzando los mundos

en el corazón del éter.

El globo frágil y luminoso

toma un gran impulso,

estalla y exhala su alma delicada,

como un sueño de oro.

Y oigo el cráneo rogar y gemir

a cada burbuja:

-Este juego feroz y ridículo,

¿cuándo terminará?

Pues lo que tus labios crueles

esparcen sobre el aire,

monstruo asesino, es mi cerebro,

¡mi sangre y mi carne!

Ahogar sus gritos de Juan Luis Martínez

Existe, no sé dónde

una voz atenta a responderme

y ya mi angustia crea

un cuerpo marcado por el abandono

Toda nuestra vida no vale

más que para el día

en que nuestras sangres se mezclaran

en una herida única.

El espacio, es a nuestra medida

que podemos esconderlo en un sueño.

La distancia, no es un océano

para atemorizar esta alma que me lleva.

Mis sueños, se abren sobre tu rostro velado

que adivino.

Siento en ti un dolor

que me aparta del sueño.

Así es como temo las horas

de un justo encuentro.

En verdad tengo bastante de exilio

conozco todo mi cuerpo

hasta los rincones de mi cabeza

he explorado.

La soledad mata al que no la comparte,

ya no puedo aceptar ni esperar ni esperanza.

La muerte es dulce

a los ojos del que busca la aventura.

Abandonaré esos sueños

entre los cuales se desliza mi fervor:

¡atravesar el torrente

arriesgando una caída!

Subo hacia ti

que has sabido tenderme tu voz.

Me instalaré en ti

que has sabido oír lo que no se percibe.


Ilustración de Alejandro Oyervides

Pedro Páramo (fragmento) | Juan Rulfo

—No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo,
como si estuviera abandonado. Parece que no lo habitara
nadie.
—No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
—¿Y Pedro Páramo?
—Pedro Páramo murió hace muchos años.
Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos,
llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún
las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.
Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer, a esta
misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas
rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se
desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados,
mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían
teñirse de azul en el cielo del atardecer. Ahora estaba aquí,
en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las
piedras redondas con que estaban empedradas las calles.
Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las
paredes teñidas por el sol del atardecer.
Fui andando por la calle real en esa hora. Miré las casas
vacías; las puertas desportilladas, invadidas de yerba.
¿Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba? «La
capitana, señor. Una plaga que nomás espera que se vaya
la gente para invadir las casas. Así las verá usted».
Al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo
que desapareció como si no existiera. Después volvieron a
moverse mis pasos y mis ojos siguieron asomándose al
agujero de las puertas. Hasta que nuevamente la mujer del rebozo se cruzó frente a mí.

—¡Buenas noches! —me dijo.
La seguí con la mirada. Le grité.
—¿Dónde vive doña Eduviges?
Y ella señaló con el dedo:
—Allá. La casa que está junto al puente.
Me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas,
que su boca tenía dientes y una lengua que se trababa y
destrababa al hablar, y que sus ojos eran como todos los
ojos de la gente que vive sobre la tierra.
Había oscurecido.
Volvió a darme las buenas noches. Y aunque no había niños
jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo
vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era
porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez
porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.
De voces, sí. Y aquí, donde el aire era escaso, se oían
mejor. Se quedaban dentro de uno, pesadas. Me acordé de
lo que me había dicho mi madre. «Allá me oirás mejor.
Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de
mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la
muerte ha tenido alguna voz». Mi madre… la viva.
Hubiera querido decirle: «Te equivocaste de domicilio. Me
diste una dirección mal dada. Me mandaste al “¿dónde es
esto y dónde es aquello?”. A un pueblo solitario. Buscando
a alguien que no existe».
Llegué a la casa del puente orientándome por el sonar del
río. Toqué la puerta; pero en falso. Mi mano se sacudió en
el aire como si el aire la hubiera abierto. Una mujer estaba
allí. Me dijo:
—Pase usted.
Y entré.
Me había quedado en Comala.

(…)

Vi pasar las carretas. Los bueyes moviéndose despacio. El
crujir de las piedras bajo las ruedas. Los hombres como si
vinieran dormidos.
«… Todas las madrugadas el pueblo tiembla con el paso de
las carretas. Llegan de todas partes, topeteadas de salitre,
de mazorcas, de yerba de pará. Rechinan sus ruedas
haciendo vibrar las ventanas, despertando a la gente. Es la
misma hora en que se abren los hornos y huele a pan
recién horneado. Y de pronto puede tronar el cielo. Caer la
lluvia. Puede venir la primavera. Allí te acostumbrarás a los
“derrepentes”, mi hijo».
Carretas vacías, remoliendo el silencio de las calles.
Perdiéndose en el oscuro camino de la noche. Y las
sombras. El eco de las sombras.
Pensé regresar. Sentí allá arriba la huella por donde había
venido, como una herida abierta entre la negrura de los
cerros.
Entonces alguien me tocó los hombros.
—¿Qué hace usted aquí?
—Vine a buscar… —y ya iba a decir a quién, cuando me
detuve—: vine a buscar a mi padre.
—¿Y por qué no entra?
Entré. Era una casa con la mitad del techo caída. Las tejas
en el suelo. El techo en el suelo. Y en la otra mitad un
hombre y una mujer.
—¿No están ustedes muertos? —les pregunté.
Y la mujer sonrió. El hombre me miró seriamente.
—Está borracho —dijo el hombre.
—Solamente está asustado —dijo la mujer.
Había un aparato de petróleo. Había una cama de otate, y
un equipal en que estaban las ropas de ella. Porque ella estaba en cueros, como Dios la echó al mundo. Y él
también.
—Oímos que alguien se quejaba y daba de cabezazos
contra nuestra puerta. Y allí estaba usted. ¿Qué es lo que le
ha pasado?
—Me han pasado tantas cosas, que mejor quisiera dormir.
—Nosotros ya estábamos dormidos.
—Durmamos, pues.
La madrugada fue apagando mis recuerdos.
Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la
diferencia. Porque las palabras que había oído hasta
entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido,
no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se
oyen durante los sueños.


El gato negro (fragmento) | Edgar Allan Poe

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.


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